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lunes, 27 de agosto de 2012

RECUERDOS DE UN LECTOR (A VECES) COMPULSIVO ( y III)




Aunque ya había cursado dos años en la Universidad de La Laguna mi inmersión en la agitada vida estudiantil del antifranquismo comenzó de hecho en las aulas de la Complutense. De esta historia hablaré en otro lugar pero sí quiero consignar aquí, en lo que a lecturas se refiere, que mi estancia en la casa de Micaela Pi, mi patrona en la Villa y Corte, me permitió devorar todas las obras de Tarzán que, recuerdo, guardaban en un armario y que, también durante ese primer año, descubrí las librerías de viejo de la Calle S. Bernardo, la mítica Cuesta de Moyano –a la que peregrinaría con asiduidad desde entonces– y un puesto callejero, a la salida del metro de Argüelles, donde se ofertaban, en abigarrada muestra, ediciones resumidas de El Capital o El origen del hombre junto a ejemplares de Mi lucha.



 Es esta, también, la época del boom de la literatura sudamericana, del descubrimiento y la compulsiva lectura de Cortázar, Vargas Llosa, Rulfo, Carlos Fuentes, García Márquez y tantos otros. Devoré entonces, con pasión al tiempo que con cierto sentimiento de culpa por las horas que robaba al más descarnado y frío atractivo de las asignaturas científicas, Rayuela, La casa verde, La muerte de Artemio Cruz, Cien años de soledad, Pedro Páramo y muchas otras historias –novelas o cuentos. Deslumbraba la potencia narrativa que desplegaban y como muchos otros, imagino, soñé con ser escritor o, al menos, con escribir un relato –de esos tiempos es un cuaderno en el que hacía mis “pinitos literarios” y que, desgraciadamente, extravié.

El interés por los proscritos por el Régimen, la relación cada vez mayor con compañeros comprometidos en la contestación antifranquista, las luchas estudiantiles y las continuadas visitas a las citadas librerías de S. Bernardo, entre ellas la mítica Fuentetaja, me puso en contacto con los circuitos clandestinos. La literatura de trastienda hizo, así, irrupción en mi vida y, con el creciente compromiso político, se inició el consumo febril, hasta el empacho, de ensayos de economía, política, sociología y filosofía de sustrato marxista.



A los padres fundadores –Marx y Engels (¡leer el Manifiesto Comunista y El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado fue, entonces, revelador!)– le seguiría toda la cohorte de sus más excelsos e ilustres discípulos –Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Stalin, Mao, Fidel, el Che, etc.– y a estos, o a la par, sus epígonos y comentaristas –Althusser, Poulantzas, Marta Harnecker, Ernest Mandel, Isaac Deutscher y tantos otros. Alrededor de este núcleo, otros “descubrimientos” –impulsados por el “aire” de los tiempos– ampliaban mi perspectiva vital: Herbert Marcuse, Wilhelm Reich y otros ligaban la liberación social y política con la liberación sexual. ¡No es extraño que, en un país como el nuestro reprimido por militares y curas, calara su mensaje y que sus libros –El hombre unidimensional, Eros y civilización, La revolución sexual, La irrupción de la moral sexual o La función del orgasmo– fueran devorados compulsivamente! La puesta en práctica de lo en ellos predicado no dependía, para nuestra desgracia, sólo de la voluntad del lector –en cualquier caso, ¡se hizo lo que se pudo!



Todas estas obras, de las que un considerable número de ellas eran textos de economía política –El capital monopolista, El intercambio desigual, etc., etc., etc.– acabarían ocupando, junto a un amplio alijo de libros franceses traídos clandestinamente en uno de esos obligados viajes, tan frecuentes entonces, al país vecino en busca de “aires” más respirables, un enorme espacio en mi biblioteca particular y se convertirían en mis libros de cabecera durante un extenso periodo de mi vida en el que la literatura en sentido estricto pasó a un segundo plano: ¡no había tiempo para ocuparse de otra cosa que no fueran estos libros de formación o las revistas de actualidad como Triunfo, Cambio, Cuadernos, Por favor, Hermano Lobo o Tiempo de Historia! El compromiso político y los acontecimientos que se avecinaban nos lo exigían.



(A mi vuelta de Madrid, atemperada ya la fiebre militante, ocuparían, durante años, los anaqueles del cuarto en el que mi padre escuchaba la radio y leía detenidamente, al tiempo que lo desordenaba, el periódico; imagino que de tanto contemplarlos se preguntaría lo que, en su avanzada vejez, me repetía una y otra vez: Pero, ¿tú te has leído todo eso?; finalmente, la mayor parte de ellos, pasaron a engrosar los fondos de la Biblioteca municipal donde dormirán, con toda seguridad, el “sueño de los justos”).

 Los diques que contenían una enorme energía represada se agrietaban y por esas grietas se colaba una sociedad que poco a poco iba conquistando zonas de libertad. Se avecinaba un tiempo nuevo, se teorizaba el eurocomunismo y consumíamos sesudos estudios sobre el socialismo de rostro humano que, encarnado en figuras como Berlinguer o Dubcek, se construiría a hombros de “la alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura” –el libro de Radovan Richta La civilización en la encrucijada fue, en esos años, de lectura obligada.

 El hilo que, durante esta época de activa militancia a la que me he referido en otro lugar, me mantuvo en contacto con la literatura fue el de la “novela negra”, profusamente editada durante esos años, los 70, por Bruguera, Alianza-Emecé y Barral; a ese género pertenece una de mis ficciones favoritas –El largo adiós– a la que asocio con el valor de la amistad.




Raymond Chandler, Dasshiel Hammet, Chester Himes, Horace McCoy, Ross MacDonald, Jim Thomson y tantos otros pasaron así a formar parte de mis autores de cabecera y a ellos y a otros fabuladores –descubiertos con posterioridad– como Simenon, Philip Kerr, Henning Mankell o Fred Vargas, sigo, aunque con una más atemperada asiduidad, fiel

A la euforia desatada por la llegada de la Democracia siguió la melancolía que acompañó a los tiempos del Desencanto y, con estos últimos, volví, primero, y, ya, espero que para siempre, a la literatura y, más adelante, también a la Ciencia, a su historia y desarrollo. Los profetas que anunciaban cambios radicales fallaron estrepitosamente en sus predicciones y la esperanza del advenimiento de una “humanidad nueva” resultó no ser otra cosa que un espejismo.




El desencanto me hizo regresar plenamente a la ficción –con la que mantenía por entonces el delgado hilo de la novela negra– y en las páginas de Los Demonios, Bajo el volcán, Los hijos de la medianoche, El tambor de hojalata y El cuarteto de Alejandría, volví a reencontrarme con lo real, con los hombres y mujeres de nuestro mundo –me despojé, así, de los últimos vestigios de lo que había resultado ser otro disfraz de “lo religioso”.



El regreso a la ciencia y a su historia fue paulatino; tuvo su primera materialización en el libro que con el título Detrás del espejo (Física en problemas) publiqué en torno a 1989 –en él trataba de presentar, creo que con cierto éxito, los problemas desde una óptica novedosa y, entre otros recursos, “echaba mano” del contexto histórico y científico en el que se encuadraban– y adquirió envergadura dentro del Seminario Orotava de Historia de la Ciencia que pusimos unos años más tarde, en 1991, y al que me referiré in extenso en otro lugar. En todo caso, al igual que había sucedido en otras ocasiones los anaqueles de mi biblioteca se llenaron de títulos sobre la materia –de los “grandes” de la Ciencia y de los comentaristas– y a su lectura y estudio dediqué muchas horas. Además de toda una serie de ponencias sobre diversos temas escribí, con José Luis Prieto, una Historia de la Ciencia en dos volúmenes que, al tiempo que sirviera de soporte a una asignatura de Bachillerato con esa denominación, acercara al gran público los contenidos científicos contextualizados en su tiempo –también de este asunto hablaré con más detalle en otro lugar.


 Al hilo de este recorrido, sin pretensiones de exhaustividad, por el mundo de mis lecturas incluí algunas consideraciones sobre mis héroes de infancia; me preguntaba allí por las razones de mi elección y no acertaba a encontrarlas; tampoco, ahora, las encuentro aunque, al hacer recuento de las historias, de los libros y en última instancia de los personajes –héroes o no– que me interesaron, sí percibo en ellos ciertos rasgos –idealismo solidario y acentuado individualismo– que, a pesar de una metamorfosis que mutó al clásico protagonista de aventuras, a veces de una pieza, en un hombre de este tiempo, complejo y a menudo atormentado, ambos comparten. Quizás fuera esto lo que percibía en ellos.

viernes, 24 de agosto de 2012

RECUERDOS DE UN LECTOR (A VECES) COMPULSIVO II


Durante nuestra estancia en el colegio salesiano los libros de lectura nunca formaron parte de nuestra educación. Recuerdo, eso sí, que conocíamos el argumento de muchos de los clásicos –El Caballero de Olmedo, El condenado por desconfiado, Don Juan, La vida es sueño, Fuenteovejuna, etc.– y la depurada y blanqueada peripecia vital de sus autores, pero nuestra aproximación al texto original no existió; sólo en contadas ocasiones leímos, por propia iniciativa, alguna de las, creo que resumidas y expurgadas, obras que aparecían en la colección Clásicos Ebro. En cualquier caso tampoco eran estos los libros más adecuados para incitar a la lectura en edades tan tempranas.


Los “buenos padres” no parecían ser, ¡de hecho no lo eran!, muy aficionados a la lectura –territorio, a su juicio, plagado de minas y altamente peligroso como bien advertían el santo fundador y las autoridades de entonces. Resulta triste, en cualquier caso, que estos iletrados se arrogasen la facultad de recomendarnos –en pocas ocasiones– o prohibirnos –con mayor frecuencia– un título u otro.

La Iglesia por medio del Índice de libros prohibidos trataba de controlar, al igual que lo hacía en el cine con las famosas calificaciones morales de las películas –1, 2, 3, 3-R y 4– que se exhibían en la entrada de los templos, todas las facetas de nuestra vida. A la censura impuesta por un Estado totalitario se añadía la tutela de una Iglesia igual de totalitaria: por si no era suficiente una, ¡doble ración!

 Mis primeros títulos “serios”, alguno de los cuáles iba a tener una profunda influencia en mi crisis de conciencia, están ligados a dos editoriales esenciales en la recuperación de la gran literatura en nuestro país –Plaza y Janés y Espasa Calpe– y a dos de sus colecciones, Reno y Austral respectivamente. A través de ellas, generalmente en traducciones que dejaban bastante que desear, conocí de la existencia y de los escritos de tres autores que me impactaron y removieron mis convicciones: Giovanni Papini, Miguel de Unamuno y Fiodor Dostoyevski.

Gog, El libro negro, Palabras y sangre, El Juicio Universal y El Diablo alteraron mi visión religiosa, ya conturbada por las dudas que por entonces me asaltaban y que encontraron eco y reflejo en la forma agónica de entender la relación con Dios que predicaba el disconforme intelectual vasco en sus ensayos y novelas (o “nivolas” como le gustaba calificarlas), El sentimiento trágico de la vida, La agonía del cristianismo o S. Manuel Bueno, mártir.


Hallaba en ellos un fondo de rebeldía que se ajustaba a lo que, por aquellos tiempos, comenzaba a sentir y me identificaba con el destino a todas luces injusto que habían merecido muchos de los personajes que las Iglesias o el mismo Dios condenaban –sus nombres, hechos y razones se recogían en El Juicio Universal; recuerdo que me impresionó un relato que aparecía en El libro negro en el que un resucitado o más bien un “llamado a la vida” desde el más allá describía, como sigue, el alzamiento de los condenados contra el Supremo Hacedor.

 “Tan sólo le hablaré acerca del acontecimiento más notable al que asistí durante los largos años de mi estadía entre los muertos. Según me parece, los hombres creen que el mundo del más allá no tiene historia: todo es determinado y fijado por la omnipotencia del Eterno, cada difunto tiene su nicho y su sentencia, nada puede hacer cambiar su suerte, los condenados rechinan en las tinieblas, los bienaventurados exultan en la luz, diablos y ángeles tienen a perpetuidad sus misiones y nada cambia por los siglos de los siglos. Pues bien, puedo asegurarle que, muy al contrario, incluso en el más allá hay una historia, o sea: el más allá tiene sus crisis y sus alternativas. 


Hacía ya mucho tiempo que yacía en las tinieblas exteriores, bajo el peso de mis culpas, cuando repentinamente se difundió en el inmenso reino de los muertos una noticia inaudita: un grupo de veteranos del infierno había dado la primera señal de la sublevación general de los condenados [...] Uno de los jefes de la revuelta, el famoso Münzer, andaba de un lado para otro por las interminables tinieblas, incitando a los pusilánimes y los dudosos. Les hablaba así “Somos víctimas de una despiadada injusticia que se halla en abierta contradicción con el mensaje de perdón anunciado por el Hijo de Dios. La eternidad de las penas no es conciliable con el Dios todo amor proclamado por los santos y los teólogos[...] El hombre es un ser limitado, finito, que comete un error limitado en el espacio y en el tiempo, y a veces lo comete arrastrado por la fatalidad de su naturaleza, de lo cual no es siempre responsable. ¿Por qué, a la finitud del ser culpable y de su culpa, debe corresponder la infinitud del castigo [...] Se dice que si bien el pecador es finito, su pecado es infinito porque es una ofensa contra el Ser Infinito. Pero Dios, que es perfección absoluta y amor perenne, ¿puede ser ofendido por una pobre criatura, que en definitiva es obra suya? Reconocemos a la justicia divina el derecho de castigar a los malvados. Pero no podemos admitir y tolerar que un pecado, finito por naturaleza, deba ser castigado con una pena sin fin.

 [...] Vosotros sabéis qué es la eternidad, cuán atroz es el pensamiento de un dolor que jamás tendrá término, de las tinieblas que nunca tendrán un resquicio de amanecer. Después de siglos en la cárcel y la oscuridad tan sólo pedimos una liberación final, un retorno a la luz. Apelamos a la misericordia de Dios contra su cruel justicia. [...] Pero el cielo permanecía mudo, ninguna voz descendía desde lo alto, no apareció ningún ángel para anunciar la confirmación de la sentencia o la promesa del indulto. Sin embargo, la revuelta no se aplacaba y los desesperados gritos de los malditos continuaban golpeando las invisibles paredes del abismo. Pero, no sé cómo, un día llegó al infierno una noticia increíble: hasta los bienaventurados del paraíso amenazaban abrazar la causa de sus hermanos condenados. [...] Los justos pedían a Dios compasión para con los injustos. [...] Su propia felicidad no era perfecta porque se veía perturbada por el pensamiento de los tormentos infinitos que sufrían seres a los que habían amado en la tierra. Se dirigían a Dios: “Nos prometiste la felicidad eterna, pero esta felicidad no puede ser plena y total mientras nos veamos entristecidos por la compasión que nos inspiran los seres a los que destinaste al dolor eterno. La tortura de los condenados es una disminución de nuestro gozo, y, consiguientemente, también nosotros somos castigados indirectamente por culpas que no hemos cometido, y esto no se conforma con tu justicia y tu misericordia. Ordenaste a los hombres que perdonaran a sus enemigos, ¿por qué no das el más sublime ejemplo perdonando a los enemigos de tu Ley, después de tantas vigilias de horror?” Pero Dios escuchaba y callaba. Entonces muchos bienaventurados, y entre los primeros los santos más venerados, se ofrecieron para descender al infierno y ocupar el lugar de los infelices desterrados [...]. En el Empíreo habían cesado los cantos, ahora resonaban los gemidos y las súplicas; los ángeles, asombrados y conmovidos, guardaban silencio contemplando el rostro del Eterno. Pero Dios escuchaba y callaba...” 

Llegado a esas palabras de su relato, míster Newborn interrumpió de golpe aquel inaudito acontecimiento. -¿Y después? - preguntó míster Gifford pasados algunos instantes. - Después, no supe más nada ni nada puedo decir - replicó el resucitado con voz débil. “Precisamente mientras todos los muertos, los que alababan y los que gritaban, esperaban la decisión de Dios, fui llamado otra vez a la vida terrestre por mis hermanos vivientes. Tal vez, cuando llaméis a un nuevo resucitado, éste podrá relataros la continuación de mi historia”.


El relato era, como mínimo, inquietante.

 La crítica de unas verdades que se nos habían inculcado sin discusión alguna y la puesta de manifiesto de elementos de contradicción en la doctrina que nos ahormaba, resultaba no sólo turbadora sino, también, excitante; había espacio para la reflexión y para el debate y era factible introducir diferencias, de matiz o radicales; atisbabas las potencialidades del ejercicio de la libertad.


Muy vívido es, por otra parte, el recuerdo que tengo de las páginas de esa cima de la literatura que responde al título de Los hermanos Karamazov y que leí por primera vez en una infame versión mutilada de la Editoria Sopena –desde entonces uno de mis libros favoritos y al que, ya en versión íntegra, vuelvo con frecuencia– en las que sobrevuela la idea que se expresa de forma concisa y profunda en la máxima Si Dios no existe, todo está permitido y que abre un extenso territorio para el debate moral.




Abandonar certezas exigía, entonces, emprender nuevas búsquedas en las que anclar lo que hacíamos y lo que planeábamos hacer. Durante esta época, los años previos a mi ingreso en la Universidad y los primeros de mi estancia en ella, adquirí la costumbre de compartir no sólo lecturas sino también las anotaciones de un diario con un íntimo amigo de adolescencia, Jaime Hernández. Recuerdo que elaborábamos unas fichas en las que, aparte de dar cuenta del título, autor, año de publicación y otras referencias técnicas, hacíamos un comentario personal que nos obligaba a reflexionar sobre el libro y a articular un discurso crítico: la lectura y lo que leíamos formaba parte del desarrollo de nuestras personalidades. También con Francis Miranda y Domingo Eulogio compartí lecturas y libros que comprábamos en comandita para sacar mayor rendimiento a nuestros ahorros y ampliar nuestras adquisiciones.

 El peso de la religión me exigió un necesario y dilatado ajuste de cuentas; en el proceso, primero un periodo de militancia cristiana en los movimientos de raíz francesa que aquí se encarnaron en la JOC, la JIC y la JEC –siglas que hacía referencia a las juventudes, obrera, independiente y estudiantil, católicas– y más tarde la incorporación a la contestación antifranquista en la órbita del PCE. Y franceses fueron algunos de los autores clave que recorrieron conmigo ese camino que va desde la liberación religiosa a la militancia comunista.



Primero, Maxence van der Meersch –en la onda del catolicismo social– y más tarde Jean Paul Sartre –ya en clave atea– y, en menor medida, Albert Camus. Del primero tengo el recuerdo, ahora impreciso, de varias de sus novelas, La huella del dios por la potente personalidad de su protagonista –que yo imaginaba con los rasgos de mi actor favorito entonces, Gary Cooper–, Cuerpos y almas por el realismo descarnado de sus descripciones y Una esclavitud de nuestro tiempo y La máscara de la carne por los problemas, la prostitución y la homosexualidad, que abordaba; del segundo, en cambio, me deslumbró su radical apuesta por la libertad: el hombre está condenado –decía– a ser libre y ya no nos es posible acudir ni a una presunta naturaleza humana ni, mucho menos, a Dios para fundamentar la ética. Buscar, pues, justificación para nuestras acciones en estas instancias era actuar con mala fe –mi convicción de que cada uno es responsable de sus actos procede, ¡estoy seguro de ello!, de la profunda huella que dejaron en mí obras como La náusea, Los caminos de la libertad, A puerta cerrada o Las moscas; del tercero, de Camus, me impresionaron sus desasosegantes narraciones El extranjero y La peste –mi deriva hacia el marxismo me hizo, no obstante, sartreano en vez de camusiano: la toma de partido en un mundo bipolar me impidió, como a tantos otros, valorar en su justa medida la crítica, a lo que en última instancia compartía rasgos con la religión, que tan acertadamente desarrolló el escritor argelino.



 A Plaza y Janés –donde además de alguno de los autores mencionados leí con avidez a escritores tan variopintos y heterogéneos como Somerset Maughan, Sinclair Lewis, Hemingway, Faulkner, Dos Passos, Lajos Zilahy, Aynd Rand, Knut Hamsun, Pearl S. Buck, Chesterton, Andre Maurois, François Mauriac, Graham Green, John Steinbeck y muchos otros– le siguió el amplio muestrario que ofrecía Losada, editorial en la que era posible escuchar nuevas voces a las que aureolaba su condena por la censura franquista. Ahí me encontré con el Bernanos de Los grandes cementerios bajo la luna, con la Residencia en tierra y el Canto general de Neruda, así como con la poesía de los grandes de la generación de la República –Miguel Hernández, Vallejo, León Felipe, Antonio Machado, Alberti, etc.– ; me dí de bruces, en suma, con la Guerra Civil, con la obra de los vencidos. Este periodo de mi peripecia como lector se superpuso al que se inició con mi ida a Madrid a estudiar Físicas.

RECUERDOS DE UN LECTOR (A VECES) COMPULSIVO I



No sé las razones, pero siempre fui un lector voraz. Sí recuerdo, sin embargo, que mi madre y mis tías hacían mención a sus hermanos Antonio y Pepe, entonces “embarcados” a Sudamérica, como personas infectadas por el mismo virus. De ellos decían que se pasaban las horas muertas leyendo, ¡como yo!... Sería cosa de familia…

Las primeras lecturas de las que tengo memoria nítida son los tebeos –Chispita, El Cachorro, Juan Centella, Bill Cody, El diablo de los mares, El Charro Temerario, Mascarita y tantos otros–, las novelas baratas –con personajes fijos como Bill Barnes, Doc Savage o Pete Rice o las de serie escritas por Marcial Lafuente Estefanía, Keith Luger o Silver Kane–, los relatos de la Colección Historias (con 250 ilustraciones) –por los que establecíamos nuestro primer contacto con autores clásicos de la aventura como Salgari, Verne, Stevenson o Walter Scott– y los rojos libros de Molino que narraban las peripecias de Guillermo Brown y los Proscritos. Estas dos últimas colecciones, Historias y Guillermo, formaban parte esencial, junto a las coloreadas latas de caramelos que se adquirían en La Venta Nueva, Anita o Casa Juan José, de los regalos que habitualmente recibíamos en la celebración de nuestras, inevitablemente chocolateadas, fiestas de cumpleaños.


En tiempos de penuria y sometidos al férreo control de nuestros ensotanados educadores esos personajes nos permitían soñar con otros espacios y vivir, enfundados en su piel, otras vidas ¿No es este el mayor regalo que puede dar la lectura? 

Durante un largo periodo de mi adolescencia seguí siendo fiel a los tebeos aunque los personajes favoritos cambiaran. En 1958 irrumpió en el mundo del tebeo español la colección Héroes Modernos editada por la Editorial Dólar y con ella entró en mi vida El Hombre Enmascarado, The Phantom en su versión original, protagonizando la primera de una serie de aventuras que me cautivaron: La princesa Sansamor. Las viñetas de esa primera entrega, dibujadas por Wilson McCoy, mostraban a un personaje con sombrero y gafas negras que, en una noche de niebla y enfundado en un abrigo a cuadros pasea, sujetando con una correa, a lo que parece un perro lobo; un globo recoge sus palabras: ¡Me gustan los muelles de noche! ¿Notas un silencio extraño, Satán?. Un malhechor lo aborda, mientras otro, oculto tras unos fardos, trata de golpearlo… Satán, otras veces Diablo, lanza un ladrido y… la misteriosa trama comienza


 El reverso de la portada nos daba más datos de este personaje que había creado en 1936 Lee Falk y que inicialmente ilustraba Ray Moore. Así supimos que nuestro héroe era uno más de la saga de los Fantasmas que habían iniciado su combate contra el Mal desde los lejanos tiempos de 1525 cuando un noble inglés Sir Christopher Standish vió, antes de naufragar y ser arrojado a una playa de incierta ubicación en la zona del Golfo de Bengala, cómo los piratas Singh degollaban a su padre. Recogido por los Bandar, una tribu de pigmeos asentada en la jungla profunda, y tratado como un Dios jura, ante el cráneo de uno de los piratas, no sólo vengarse de los Singhs y dedicar toda su existencia al exterminio de estos malhechores sino también que sus descendientes se comprometerían a esa misma tarea: Por mucho que mi descendencia se perpetúe sobre la Tierra, juro que el primogénito de cada generación continuará mi obra. Nuestro héroe aclara: ¡El fue el primer “Fantasma”! ¡Esto sucedió hace 417 años! ¡Soy su descendiente y, como tal, obligado a respetar su juramento!


Un ceñido traje de color violáceo y una máscara que oculta su rostro mantienen la leyenda de su inmortalidad. El Espíritu que anda, el Duende que camina, batalla incansable contra el Mal en todos los escenarios. 

Cada semana aguardaba impaciente la llegada del cuadernillo que ya había reservado en la Librería Miranda y que la solícita Juanita, “Ata”, buscaba y me entregaba. Febril, volaba hasta mi casa para sumergirme en sus peripecias. Juan Centella, que hasta entonces había sido mi personaje favorito, se fue poco a poco difuminando y perdiendo consistencia ante esta nueva y formidable encarnadura del héroe. ¿Cómo elige uno a sus héroes? Esta pregunta me ha asaltado en más de una ocasión y no he sido capaz de responderla. ¿Qué podía atraerme de un personaje, Juan Centella, que, creado usando la fisonomía del boxeador Primo Carnera y algunos rasgos del Duce, Benito Mussolini, aplicaba con demasiada frecuencia la dialéctica de los puños para solucionar problemas? ¿Por qué me fascinaba el héroe enmascarado, El Fantasma, que dictaba justicia y mantenía el orden en territorio de colonias y en cuya presencia se sentían atemorizados los villanos y los nativos? De hecho, observado en perspectiva y utilizando las armas de la crítica bienpensante, mis referentes dejan bastante que desear: un matón fascistoide y un justiciero que encarnaba la superioridad de la raza blanca. Pero, ¿es que acaso eran más aceptables El Guerrero del Antifaz o Roberto Alcázar, quienes encandilaban a muchos de mis compañeros, o cualquiera de los muchos héroes que han poblado y pueblan el imaginario popular? En aquella época, poco nos importaba el contexto y tampoco estaban los tiempos para héroes políticamente correctos, ¡ni falta que hacía! 

La Librería Miranda, desaparecida en diciembre de 2008, jugó un papel importante en la educación sentimental de gran parte de los jóvenes de clase media de la generación de posguerra. En mi caso en mayor medida porque, probablemente a causa de nuestra relación familiar –mi tío Felipe estaba casado con Isabel, una de las hijas del fundador de esa institución–, podía, en una primera etapa, llevarme a casa y leer gratis, con sumo cuidado ¡eso sí! y sin cortar los cerrados bordes de sus hojas, tebeos diversos y, luego, ya más talludito, libros de los que hacía un informe para el gestor de la librería, Vicente Miranda, y que él utilizaba para recomendarlos. Así leí, “tochos” como El diablo a las cuatro y El manantial entre otros muchos. Compartía este privilegio, el de “asesor literario”, con uno de sus sobrinos, Francis Miranda, y con su hija, Quirinita. 

Las novelas baratas, las novelas populares, son, como las define Fernando Savater, el retazo más humilde del tejido con el que se fabrican los sueños; así es en cualquier cultura y en cualquier época pero en mucha mayor medida en momentos de penuria, cuando mayor necesidad hay de soñar. La posguerra española fue uno de esos momentos y esas novelitas de portadas en colores vivos, de títulos que anunciaban aventuras y presagiaban misterio, el alimento de esos sueños en los que era posible escapar de la grisura de un tiempo de retórica hueca y de escasez y miedo reales. A la Colección Hombres Audaces de la Editorial Molino, que tenía entre sus series las aventuras de Bill Barnes, Doc Savage, Pete Rice y La Sombra, entre otras, llegué a través del préstamo: Mingo Carrasco me pasaba los ejemplares que pertenecían a su hermano mayor Lito, entonces estudiando Medicina en Granada. De todos estos personajes mi preferido era, sin duda, Doc Savage, el Hombre de Bronce, título de su primera aventura y apelativo con el que se conoce al héroe creado por Kenneth Robeson, seudónimo del escritor norteamericano Lester Dent.



Así comenzaba esa novela cuyo Capítulo I tenía el sugerente título de El hombre siniestro: 

Cerníase la muerte en la densa oscuridad. Avanzaba furtiva por una viga de hierro, mientras a centenares de metros de profundidad se abrían esas grietas con paredes de cristal y ladrillos que son las calles de Nueva York. Sobre el asfaltado, los trabajadores de los últimos turnos regresaban presurosos a sus hogares. La fina y persistente lluvia les obligaba a guarecerse bajo los paraguas, y no perdían el tiempo escudriñando las alturas. Aunque de hacerlo es probable que no hubiesen observado nada. La noche era oscura como boca de lobo. Del cielo, cubierto de negros nubarrones, se desprendía una niebla que flotaba opresiva de las azoteas alrededor de los imponentes edificios. Un rascacielos en construcción, edificado hasta el piso ochenta, se destacaba sobre el fondo oscuro del firmamento. Por encima del último piso, una torre metálica ornamental, aún sin el menor vestimiento de mampostería, se elevaba unos setenta metros más. Las viguetas formaban un gigantesco esqueleto de acero. Los hierros, desnudos y traicioneros, aparentaban la siniestra impasibilidad de lo inerme. Sin embargo, entre ellos rondaba la Muerte. Una Muerte en forma de hombre.  

¿Quien podía resistirse a seguir leyendo? ¿Acaso nos importaba la escasa calidad literaria del relato? 

Parecía poseer la agilidad de un felino, saltando y escalando sin el menor tropiezo en la impenetrable oscuridad. La lluvia mojaba su rostro, pero el hombre seguía avanzando, empujado por un propósito terrible y siniestro. De vez en cuando, el desconocido pronunciaba palabras extrañas e ininteligibles [...]. —¡Debe morir! —murmuraba el hombre roncamente, en su lengua extraña—. ¡Lo ha decretado el Hijo de la Serpiente Emplumada! ¡Esta noche! ¡Esta noche la muerte asestará su golpe! [...] La lluvia le empapaba. Las terribles fauces de acero se abrían a sus pies; y un resbalón significaría la muerte. Escalaba metro tras metro. [...] El hombre depositó en el suelo su caja negra. Su bolsillo interior reveló la existencia de unos gemelos de gran potencia. El hombre de los dedos rojos enfocó sus lentes sobre el piso inferior de un rascacielos, a varias manzanas de distancia. [...] Sus lentes se movieron a derecha e izquierda hasta hallar una ventana iluminada. Se encontraba situada en la parte oeste del edificio. Aunque ligeramente velado por la lluvia, los potentes prismáticos revelaron al detalle lo que había en la habitación. Se destacaba con claridad la parte superior de una mesa de despacho maciza, ancha y pulida, situada delante mismo de la ventana. ¡Al otro lado había una figura de bronce! Representaba la cabeza y hombros de un hombre esculpido en metal amarillento rojizo. Aquel busto era un espectáculo sorprendente. [...] El hombre de los dedos rojos se estremeció. [...] Una vez más se llevó los prismáticos a los ojos, enfocándolos sobre la asombrosa estatua de bronce. La obra maestra abrió la boca, bostezó... ¡pues no era ninguna estatua, sino un ser viviente! El hombre de bronce mostró al bostezar unos dientes anchos y fuertes. Sentado ante la enorme mesa, no parecía ser un hombre de tal corpulencia, un observador dudaría que tuviera dos metros de estatura... y se habría asombrado al saber que pesaba doscientas libras. [...] Este hombre era Clark Savage júnior. —¡Doc Savage! ¡El hombre cuyo nombre era un símbolo en los rincones más extraños y apartados del mundo! 

A la mortecina luz de la lámpara de mi mesa de noche, dilataba el momento de dejar la novela instado por las órdenes reiteradas y repetidas de mis padres: ¡Miguelito, apaga ya! ¡Mira que mañana tienes que levantarte temprano para ir al colegio! 

El estudio publicado por Ediciones Robel, La novela popular en España, ofrece un amplio recorrido por las obras y autores que dedicaron su tiempo a mitigar las profundas heridas que había dejado la reciente contienda fratricida y a evadirse, así, de un pasado que se quería olvidar y de un presente que, aunque envuelto en retórica imperial, era, para muchos, gris, plomizo y vengativo. Según supimos más tarde el mundo de la novela popular de posguerra resultó ser refugio de personajes desafectos al régimen y medio de vida para unos prolíficos escritores que traducían y creaban, muchas veces ocultos tras un seudónimo, personajes con los que soñar en una España empobrecida. 

 De entre los autores dejaré constancia de un nombre, Guillermo López Hipkiss creador de El Encapuchado, que para mí tiene especiales resonancias porque aparecía como traductor de varias de las obras, protagonizadas por Guillermo Brown, del para nosotros enigmatico y misterioso escritor –¡suponíamos entonces!– que se ocultaba tras el nombre de Richmal Crompton y que resultó ser, como descubrí mucho más tarde, una escritora. 

¿Por qué me gustaban tanto las aventuras de aquél mozalbete que gastaba monedas, de las que nunca supimos su equivalencia y relación –peniques y medios peniques, chelines, coronas y medias coronas–, en extraños mejunjes –agua de regaliz o jugo de grosella, entre otros– o en golosinas de misterioso nombre y que se refugiaba en un chamizo, al que llamaba “El cobertizo”, desde el que, en compañía de los otros “Proscritos” –Enrique, “Pelirojo” y Douglas– y su perro Jumble, diseñaba complicados, pero siempre sugerentes, planes con los que alterar el aburrido y encorsetado trajín de los mayores? La anarquía y la libertad que se desprendía de las páginas de aquellos libritos de pastas duras en intenso color rojo era irresistible. 

Así se inicia “Guillermo el Proscrito”: Guillermo, Enrique, Pelirrojo y Douglas (conocidos bajo el nombre de “Los Proscritos”) caminaban, lentamente, en dirección al colegio. Era una tarde muy hermosa, una de esas tardes en que a uno le parece (a los Proscritos desde luego les parecía) una ingratitud pasárselo encerrado entre cuatro paredes. El sol brillaba y los pájaros cantaban invitadores… 

Y así “Guillermo el Conquistador”: Guillermo y el deshollinador simpatizaron inmediatamente. A Guillermo le gustó el colorido del deshollinador y a este le gustó la conversación de Guillermo. El niño miraba al hombre como a un personaje de orden superior. ¿No le importó a su madre que fuera usted deshollinador? – preguntó, maravillado, al desatar el hombre los cepillos. Nooo – contestó el interpelado lenta y pensativamente – no dijo nada, por lo menos. No necesitará usted un socio, ¿verdad? No me importaría ser deshollinador. Iría a vivir con usted y le acompañaría todos los días a hacer la ronda… 

¿Cómo no dejarse seducir por unas historias de comienzo tan prometedor? ¡El lecho de paja, bajo los tomateros, me esperaba! Horas de ensoñación en tardes soleadas. 



domingo, 4 de septiembre de 2011

DE LECTURAS: LA TRILOGÍA DE LA FRONTERA


Las dos primeras novelas de la Trilogía de la frontera de Cormac McCarthy son dos poderosos relatos de iniciación en los que sus protagonistas, John Grady en "Todos los bonitos caballos" y Billy Parham en "En la frontera", descubren con desgarro y dolor -tamizados por un profundo estoicismo- los claroscuros de la vida.

Hay en ambos personajes un inmenso amor por la libertad -que parece estar al otro lado de la frontera, en un México violento pero, a la vez, hospitalario- y un profundo sentido de lo justo que los obliga a actuar, arriesgando la vida y aceptando la posibilidad de que les alcance la muerte, por encima de cualquier conveniencia y cálculo.

La tercera entrega "Ciudades de la llanura" nos devuelve a ambos personajes -ya instalados en un espacio  más acotado aunque inserto en el mismo territorio fronterizo, un rancho abocado a desaparecer a impulsos del "progreso"- compartiendo peripecia vital.

A diferencia de Billy Parham, al que percibimos ahora más cauto  -quizás marcado por las profundas heridas de su aventura iniciática y el desgarro que le supuso la muerte de su hermano-, John Grady continúa abierto a lo que la vida le ofrece; y, otra vez, lo enreda, al igual que sucedía en el primer volumen de la trilogía, el amor -la prostituta sustituye, ahora, a la hija del hacendado pero la intensidad del sentimiento no es diferente al de entonces.

Billy no podrá impedir que el hado, encarnado en un filero no exento de una dignidad sui generis, acabe, ¡esta vez sí! -al modo de las clásicas tragedias griegas- por alcanzar a Grady; cobrarán, así, sentido las palabras de uno de los varios ciegos que deambulan por el relato anunciándole la muerte de un hermano al que entonces no conoce y que ahora reconoce.

 McCarthy consigue hacernos sentir, con sus personajes y el vigor de su prosa,  ese paisaje mítico cuya destrucción física es, a la vez, la desaparición de un universo moral en el que los valores "del viejo oeste"  no tienen ya cabida.

jueves, 7 de abril de 2011

CELINE : VIAJE AL FIN DE LA NOCHE


La reciente polémica sobre la oportunidad de festejar o no a un escritor eximio, al tiempo que miserable filonazi, como Louis Fredinand Destouches, mas conocido como Celine, me ha movido a revisar su obra más emblemática, "Viaje al fin de lo noche". 

Sumergirse en las páginas de esa novela  es una experiencia de la que no se sale indemne. Desde las primeras páginas del relato percibes que no habrá espacio alguno para la épica y que lo que va a contarte el personaje central -un trasunto del autor- estará totalmente desprovisto de heroísmo. La prosa descarnada, dura, incorrecta y poco convencional -aunque no exenta de una extraña e incómoda belleza- apenas te da respiro y, poco a poco, su mirada sobre la especie humana, más que pesimista, asqueada, te va atrapando, dejando en tí una sensación viscosa que imaginas similar a la que debe sentir la presa a la que embute, en su tela, una araña.

Las páginas sobre su participación en la Gran Guerra -¡esa que hizo aflorar los sentimientos patrios hasta el paroxismo para luego enterrarlos (desgraciadamente por poco tiempo) en el lodo y barro de las trincheras!- te inmunizan frente a la retórica de las "grandes causas": ¿Cómo iba a figurarme aquel horror al abandonar la Place Clichy? ¿Quién iba a poder prever, antes de entrar de verdad en la guerra, todo lo que contenía la cochina alma heroica y holgazana de los hombres? Ahora me veía cogido en aquella huida en masa, hacia el asesinato en común, hacia el fuego... Venía de las profundidades y había llegado. Celine no deja el menor resquicio: Escúcheme bien, compañero, y no deje pasar nunca más, sin calar en su importancia, ese signo capital con que resplandecen todas las hipocresías criminales de nuestra sociedad: "El enternecimiento ante la suerte, ante la condición del miserable...". Os lo aseguro, buenas y pobres gentes, gilipollas, infelices, baqueteados por la vida, desollados, siempre empapados en sudor, os aviso, cuando a los grandes del mundo les da por amaros, es que van a convertiros en carne de cañón... Es la señal... Infalible. Metidos en "faena" no hay otro objetivo que sobrevivir y a ello se aplicará nuestro antihéroe.

La siguiente etapa del viaje es África, el mundo colonial, del que ya atisbamos rasgos en el barco que conduce a Celine a su nuevo destino: En el frío de Europa, bajo las púdicas nieblas del norte, aparte de las matanzas, tan sólo se sospecha la hormigueante crueldad de nuestros hermanos, pero en cuanto les excita la fiebre innoble de los trópicos, su corrupción invade la superficie. Entonces nos destapamos como locos y la porquería triunfa y nos recubre por entero. Es la cofesión biológica. Desde el momento en que el trabajo y frío dejan de coartarnos, aflojan un poco sus tenazas, descubrimos en los blancos lo mismo que en la alegre ribera, una vez que el mar se retira: la verdad, charcas pestilentes, cangrejos, carroña y zurullos. También allí el panorama resulta desolador y no hay en el relato destello alguno de esas ráfagas de luz que encontramos en cronistas de la empresa colonial como Kipling y, mucho menos, ecos de esas ficciones novelescas en las que se desplegaban las aventuras africanas de exploradores reales o de pacotilla -¡pero a los ojos de Celine, siempre falsos y, desde luego, nada heróicos!

La historia va a volverse más personal tras el breve interludio en el que relata su estancia en los Estados Unidos; allí ejerce como obrero en la fábrica de automóviles Ford -una pieza despersonalizada en una cadena de montaje-: "¡No te van a servir para nada aquí los estudios, chico! No has venido aquí para pensar, sino para hacer los gestos que te ordenen ejecutar... En nuestra fábrica no necesitamos a imaginativos. Lo que necesitamos son chimpancés... Y otro consejo. ¡No vuelvas a hablarnos de tu inteligencia! ¡Ya pensaremos por ti, amigo! Ya lo sabes; y allí, también, encontrará a Molly, una de las escasas personas por las que Ferdinand (Celine) siente empatía, y a la que envía un mensaje que, salido de unas páginas tan desesperadas, desconcierta: Buena, admirable Molly, si aún puede leerme, desde un lugar que no conozco, quiero que sepa sin duda que yo no he cambiado para ella, que sigo amándola y siempre la amaré a mi modo, que puede venir aquí, cuando quiera compartir mi pan y mi furtivo destino. Si ya no es bella, ¡mala suerte! ¡Nos arreglaremos! He guardado tanta belleza de ella en mí, tan viva, tan cálida, que aún me queda para los dos y para por lo menos veinte años aún, el tiempo de llegar al fin.

Recuperamos a nuestro protagonista en Francia y lo vemos convertido en médico -de sus años de estudio poco nos cuenta- en La Garenne-Rancy, ahí, a la salida de París, justo después de la Porte Brancion.

La sordidez vuelve a instalarse en el relato que, ahora, deviene más cercano, formando parte de la cotidianeidad y de la normalidad, -¡o, al menos, de lo que por tal parece aceptar nuestro antihéroe!-. Asistimos, así al deprimente espectáculo -Celine continúa aplicando su implacable mirada- de la vida en los suburbios en los que nuestro protagonista-testigo ejerce como médico. Hasta allí llegará el recurrente Robinson, al que Ferdinand había conocido durante la guerra y al que había vuelto a encontrar en las colonias y en América, para desencadenar un nuevo descenso a los infiernos.

La novela parece una ilustración terrenal de esa máxima que Dante había colocado a las puertas del Averno, "Lasciate ogni esperanza voi ch'entrate".


miércoles, 2 de marzo de 2011

LECTURAS: EL "FOLLETÓN" COMO RECURSO PARA HABLAR DE LA FALSIFICACIÓN Y EL ENGAÑO



Acabo de terminar la lectura de la novela de Umberto Eco "El cementerio de Praga" y mientras permanecía sumergido en sus páginas tenía la extraña sensación de transitar por un territorio deja vu y no dejaba de preguntarme por el sentido que tenía, en pleno siglo XXI, recuperar, como modelo literario, el "folletón" del XIX.

Los Protocolos de los Sabios de Zión

¿Quizás la historia que a la postre se cuenta -la creación y puesta en circulación de los famosos Protocolos de Sión- no admite otro tratamiento? ¿Tal vez, a juicio de Eco, es este el género literario que mejor se adecúa a los tiempos y acontecimientos que relata?


La historia del capitán Simonini está plagada de falsificaciones y engaños, de creación y recreación de "hechos", de discursos múltiples -¡qué más da, si contradictorios!-  en los que cada uno encuentra lo que le conviene creer o aquello en lo que ya cree, de libelos y panfletos desde los que difama, de disfraces y personalidades que se desdoblan, etc., y a medida que la peripecia se desarrolla va instalándose en nosotros la vaga sospecha de que el autor no parece estar hablando sólo del siglo XIX sino, también, de nuestro propio y actual devenir, de nuestro tiempo.


No me ha abandonado, sin embargo, la sensación de que es una obra menor y que su autor no está especialmente dotado para la narración novelesca -le pesa, probablemente, un exceso de erudición.



martes, 18 de enero de 2011

DOS HISTORIAS HUMANAS, DEMASIADO HUMANAS: "Arrugas" y "El arte de volar", novelas gráficas


En más de una ocasión he señalado la sinrazón de seguir considerando al comic como un arte menor y me he permitido recomendar varias obras -novelas gráficas, se las llama en un intento de aproximarlas a la literatura- de una profundidad más que estimable. Las que hoy me propongo comentar, Arrugas de Paco Roca y El arte de volar de Antonio Altarriba y Kim, pertenecen por derecho propio a esta categoría; son creaciones sensibles que producen turbación y desasosiego, por la humanidad que desprenden, a quien se aproxima a ellas.


La primera solo nos muestra un periodo corto de la vida del protagonista, Emilio -un antiguo empleado de banca al que va destruyendo esa terrible enfermedad, el Alzheimer, que te roba la memoria y te mata en vida-, la segunda, en cambio, narra la peripecia vital de Antonio a lo largo de un periodo de tiempo que se extiende desde 1910  hasta 2001.


Pese a que el espacio y el tiempo en los que se despliegan las historias es bien distinto -sólo hay un ámbito común, y quizás bien significativo, a ambas: la deprimente residencia de mayores- los dos relatos destilan buenas dosis de amargura sobre la condición humana.

De Emilio poco sabemos, parece un hombre corriente en un estado de edad avanzada, un viejo, en suma, y quizás por esa indefinición del personaje y por lo "normal" de su peripecia -la inevitable, pese a momentos de comunicación esporádicos, y radical soledad a la que estamos finalmente condenados- nos resulta sencillo ponernos en su pellejo. El dibujo de trazo claro y expresivo ilustra, sin retórica, una historia de la que, con algo más que un temblor, nos sentimos próximos.

De Antonio se nos cuenta su vida -sobre un trasfondo histórico, el de nuestro país, que forma parte de la experiencia generacional de nuestros padres y, en parte, de nosotros mismos-, en ella, como en la de todos nosotros, coexisten y conviven, ilusión, idealismo, barbarie, cinismo y frustración.

Kim, el autor del caricaturesco "Martínez, el facha" entre otros memorables personajes, crea, con su dibujo expresivo y, en ocasiones, "sucio", una atmósfera que nos transporta sin esfuerzo a los distintos escenarios en los que transcurre la trama - desde la España profunda del campo aragonés a las sórdidas pensiones de las capitales de provincia, desde los campos de batalla de una guerra incivil a los campos de internamiento franceses, desde la atmósfera clandestina de la resistencia a la grisura de un país al que se regresa como vencido, desde la hipócrita doble moral del estraperlista a la paulatina renuncia a los viejos ideales-.

Un largo viaje que nos lleva, con el protagonista, desde el idealismo juvenil a la amargura de la vejez. Todo acabará para Antonio, como para el Emilio de Arrugas, en una residencia de ancianos, pero, a diferencia de este -sumido en el olvido- aquél decidirá, finalmente, volar y poner el cierre a una historia agotada.







lunes, 8 de noviembre de 2010

LAS BENÉVOLAS: EL NAZISMO PASADO POR EL TAMIZ DE HANNAH ARENDT



Leer los libros publicitados como "imprescindibles" después de que haya pasado el tsunami mediático ayuda a poner las cosas en su sitio. Viene esto a propósito de una obra, Las benévolas de Jonathan Littel,  que hace aproximadamente un año fue saludada como "un acontecimiento literario".

No puede negarse la potencia narrativa de muchos pasajes del relato y tampoco se puede ocultar que la crudeza de algunas descripciones de la barbarie nazi consigue transmitirnos un sentimiento que va más allá del horror, pero no me parece que el autor haya conseguido interesarnos en la peripecia vital de su tortuoso y tópico protagonista -un intelectual de sexualidad compleja al que, a mi juicio, retrata con escasa profundidad psicológica- y que veamos en él algo más que un recurso para ilustrar un conjunto de ideas cuyo rastro nos conduce a la politóloga y pensadora alemana  Hannah Arendt. 
  • El desasosiego que produce la "banalización del mal": la constatación de que ese horror fue perpetrado por "gente corriente" que no sólo aceptó convertirse en partícipe de un diseño de exterminio -integrándose en él como una pieza más del engranaje- sino que, en gran medida, acabó compartiendo los objetivos y fines de un régimen totalitario y genocida. Dice, a este respecto, el autor de Las benévolas: Lo que trato de mostrar, de todas formas, con un personaje como Max es que también, en un periodo de la historia, aliarse con los nazis, para muchos, fue una opción ética. No es que eligieran ponerse de parte de los malos. Igual que los comunistas, optabas por una cosa u otra.. . Los que eligieron a los nazis, lo hicieron siendo conscientes de que tomaban un camino para ellos ético, cuyos errores o imperfecciones debían ser mejorados.
  • Régimen que, lejos de estereotipos al uso poseía una racionalidad propia y una lógica interna que no podemos subestimar porque, ¡no lo olvidemos!, fue capaz de arrastrar a la mayor parte de un país de extensa y profunda cultura. Sobre ello comenta Jonathan Littel: Cuando me puse a investigarlo, me di cuenta de que su ideario también se basaba en raíces sólidas... Me pareció que era una visión del mundo muy construida, que no sólo se reducía a lo que un loco vociferaba por la radio, aunque eso también funcionara.

Asusta y espanta ser conscientes de que la barbarie apenas está contenida por una capa de civilización y que esa envoltura puede deshacerse cuando hace presa en nosotros el miedo o cuando eludimos la responsabilidad personal amparándonos en la obediencia debida o en el anonimato que nos procura el grupo, la "masa".

martes, 26 de octubre de 2010

LECTURAS: ¡El Paraíso no existe!, pero ¿Qué sería de nosotros, sin la ayuda de lo que no existe?



Por esas extrañas casualidades de la vida la concesión del merecidísimo Nobel a Mario Vargas Llosa me encontró leyendo una de sus últimas obras, "El Paraíso en la otra esquina".

Voy a permitirme dejar constancia de la impresión que me ha producido esta historia urdida, a mi juicio, alrededor de una tesis: el fracaso de la búsqueda de la felicidad -individual o colectiva-  y el desgarro que genera no sólo en aquellos que se entregan con pasión a ello sino, también, en quienes les rodean.

Para ilustrar esta tesis el autor narra la peripecia vital de  Flora Tristan y Paul Gauguin; personajes a los que une una pulsión -el rechazo del mundo en el que viven- y a los que separa la forma de combatirla -reformándolo en el primer caso y huyendo de él hacia paraísos fabulados en el segundo. En ambos casos el aparente fracaso coronará sus intentos pero, como afirmaba Paul Valery en una frase que preside el relato: ¿Qué sería, pues, de nosotros, sin la ayuda de lo que no existe?

El vigor con el que escribe Mario Vargas Llosa no evita las serias dificultades que encuentra en trabar las dos historias -el nexo de parentesco entre los personajes carece de relevancia-; dificultades que resultan evidentes en la propia estructura del relato, fragmentado en capítulos en los que se alternan las tramas, que nos transmiten la sensación de estar leyendo no una sóla novela sino dos.

Después de la genial "La fiesta del Chivo" no era sencillo mantener el tono; creo que nuestro flamante Nobel no estaba aquí en su mejor forma.

Pronto tendremos ocasión de sumergirnos en la prometedora historia de "El sueño del celta".      

lunes, 18 de octubre de 2010

"LLUVIA NEGRA": El relato de las víctimas


Sobre el controvertido y polémico asunto de la fabricación de la bomba atómica - el famoso Proyecto Manhattan- y de la subsiguiente decisión de lanzar los "artefactos" sobre Hiroshima y Nagasaki, se ha publicado mucho y en muy variados formatos.

Yo había leído pormenorizados relatos -entre los que me permito destacar los que tienen por título Brigther than a thousand suns de Richard Jungk y The making of the atomic bomb del que es autor Richard Rhodes y de los que no sé si hay traducción al castellano-; rememoraciones, recuerdos y reflexiones de distintos científicos que, de una u otra forma, estuvieron implicados; así como papeles, informes, cartas, notas, etc. -en su momento material clasificado, secreto, y ahora ya accesible en ese territorio fantástico de Internet.

También había tenido la oportunidad de ver varias películas con este asunto como argumento -Creadores de sombras es un ejemplo.

Me faltaba, sin embargo, la visión de los que padecieron los efectos aterradores de una decisión que cambió la historia de la Humanidad: la visión y el testimonio de las víctimas.

La novela Lluvia negra de Masuji Ibuse -de la que hay versión fílmica dirigida por Shohei Imamura del mismo título- ofrece la posibilidad de cubrir este hueco a través de un relato de argumento engañosamente mínimo -las dificultades y padecimientos de una familia de supervivientes para reincorporarse a la vida de un Japón que quiere dejar atrás el horror- pero de poderosas imágenes en las que los protagonistas evocan las dantescas escenas que siguieron al lanzamiento y explosión de "Little Boy", y describen las secuelas médicas que provoca  "la enfermedad de la radiación" y la herida anímica que genera el rechazo social al que se somete a los afectados -el autor utiliza documentos históricos e información extraída de los diarios y entrevistas de las víctimas de la masacre.

Una novela conmovedora, de obligada lectura, para poner rostro a una tragedia de dimensiones aterradoras.

Como complemento visual incluyo aquí un enlace que con el título Hiroshima, las fotos que no querían que viéramos es un pálido reflejo del horror:

http://www.fogonazos.es/2007/02/hiroshima-pictures-they-didnt-want-us_05.html


lunes, 11 de octubre de 2010

LITERATURA Y CIENCIA: Reflexiones sobre un viaje en espiral (y III)

Fronteras difusas

Heisemberg, que nunca ocultó su frustración por no haber sido poeta, señala en un texto autobiográfico la existencia de un cierto paralelismo entre el viaje de la ciencia a la abstracción y el proceso análogo en las artes, —pintura, poesía, música, filosofía (y ¡novela!, añadiríamos nosotros)—.

No es posible sustraerse al ímpetu de la Ciencia y su panoplia; y las artes se han visto obligadas a “cazar” en praderas distintas de las habituales. Las “viejas y conocidas presas” se extinguieron incapaces de sobrevivir en un nuevo medio.

Una época desquiciada en la que nada es como parece, cambiante y convulsa, ve surgir y desaparecer múltiples «ismos».

En unos, es detectable la búsqueda de nuevas certidumbres, —esos elementos estables que existen en los objetos a representar, de los que hablaba Juan Gris—; en otros se percibe una llamada rabiosa a la individualidad y a la subjetividad para las que se abren nuevos espacios pero a las que se percibe seriamente y quizás inevitablemente amenazadas.

Los antiguos oponentes, revestidos de nuevas galas, se disputan el terreno. El realismo aparencial esta muerto y sus exequias se celebran en ambos campamentos.

Baudelaire procede al levantamiento del cadáver y, solemne, exclama: Todo el Universo visible es solo un almacén de imágenes y signos a los que la imaginación asigna un lugar y un valor relativo; el Universo es alimento que la imaginación debe digerir y transformar..., mientras, Gustave Kahn, enfundado en una negra levita, bailotea sobre la tumba y grita: La pretensión esencial de nuestro arte es objetivar lo subjetivo (la externalización de la Idea) en lugar de subjetivar lo objetivo (ver la naturaleza a través de los ojos de un temperamento)...

Esta corriente de pensamiento traduce, sin ambigüedad alguna, los sentimientos de insatisfacción que el programa mecanicista conlleva; hay un retorno nostálgico al mundo del mito como rechazo a una despersonalización y deshumanización crecientes,—el rítmico e inexorable tic tac de innumerables relojes fragmenta un tiempo irrecuperable—.

Visiones apoyadas en el mundo de lo onírico,—poblado de relojes flácidos en los que el devenir resulta incuantificable—, se alzan frente a unas concepciones racionales y empobrecedoras en exceso.

El Renacimiento enseñó a los hombres a enaltecer su razón. La ciencia y la tecnología de los nuevos tiempos lo han conducido hacia la megalomanía. La razón ha sido sobrevalorada y ha causado toda la confusión de nuestra era.

Lo real se muta en surreal.

Ecos distintos se perciben en el otro campo. Al leer los escritos y manifestaciones de algunos de los pintores más importantes de nuestro siglo, nos parece escuchar incluso la voz del viejo Galileo.

Cézanne escribe a Emile Bernard: trate la naturaleza por medio del cilindro, la esfera, el cono, Braque exclama: Pintar es un método de representación. Una no debe imitar lo que quiere crear. No se imitan las apariencias; la apariencia es el resultado. Para ser pura imitación la pintura debe olvidarse de las apariencias..., Juan Gris se expresa en estos términos al explicar como representa lo concreto: Considero que el elemento arquitectónico de la pintura es la Matemática, su lado abstracto. Yo quiero humanizarlo. Cezanne convierte una botella en un cilindro, pero yo empiezo con el cilindro y creo un individuo de tipo especial. Yo hago una botella, —una botella particular—, a partir de un cilindro...

No es privativa de la corriente pictórica del Cubismo este intento de describir la realidad esencial que se oculta debajo del fugaz mundo de las apariencias por un método de resonancias científicas. En el discurso de los Futuristas puede rastrearse idéntica pretensión, aunque en este caso esté interpenetrada por la íntima convicción de que la realidad está mediada por el sujeto.

En sus manifiestos se dice: De hecho todas las cosas se mueven, todas las cosas corren, cambian rápidamente. Un perfil no permanece nunca estático ante nuestros ojos, aparece y desaparece constantemente. Como consecuencia de la persistencia de las imágenes en la retina, los objetos móviles se multiplican de modo constante; su forma cambia como vibraciones rápidas en loca carrera. Un caballo al galope no tiene cuatro patas, sino veinte, y sus movimientos son triangulares.

Nunca han tenido, sin embargo, el artista y en particular el literato la compulsiva pretensión de convertirse en la inteligencia omnisciente de Laplace, con la que soñaban los científicos, que conociera todas las fuerzas que animan la naturaleza así como la situación respectiva de los seres que la componen y a la que tal conocimiento posibilitaría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del Universo y los de los átomos más ligeros, y para la cual nada resultaría incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes a sus ojos. Demasiado conscientes de la complejidad del universo humano,—el mesocosmos de nuestra experiencia habitual—, y de la, a menudo impredecible, evolución del material novelado, que desde el caos, fuera de control, cristaliza en impensables formas, han entendido como no determinista su espacio de investigación. Incluso un autor como Balzac, tan influido por el espejismo de la existencia de leyes que dictan el discurso de las sociedades y el comportamiento humano –Finalmente después de haber buscado, pero no digo encontrado, esta razón del motor social ¿no habría que meditar sobre los principios naturales y ver en qué las sociedades se alejan o se aproximan a la regla eterna, a lo verdadero y a lo bello?–, se ve obligado a construir sus héroes novelescos como personajes—representantes. Balzac para hacernos comprender los personajes reales inventa otros que se les parecen, que son una muestra de su especie, nos dirá M. Butor—; síntesis de individualidades al modo de las magnitudes medias que los científicos usan para hablar de los sistemas complejos en el mundo de los fenómenos naturales. El novelista—laplaceano ha estado siempre proscrito del universo literario.

Es cierto que en el intento del novelista por eclipsarse y dejar fluir libremente, evolucionar de acuerdo con sus leyes propias, a los personajes hay más de un punto de concomitancia con la expulsión del observador decretada por la ciencia clásica; no obstante los novelistas, a diferencia de los científicos, siempre han aceptado la imprevisibilidad de sus criaturas—objeto cuya autonomía se les imponía en el relato incluso en contra de los deseos del autor, —los seis personajes pirandellianos son su expresión extremada—.

Los nuevos desarrollos de la ciencia de los sistemas complejos, —el mundo más familiar, el mundo natural donde evolucionan los seres vivos y sus sociedades—en los que esos sistemas, regidos incluso por leyes deterministas, se despliegan de un modo en el que no están excluidos caos y orden, obligan al científico a modificar su visión y a concluir con el novelista que del mundo real como del novelesco está desterrada, por igual, la omnisciencia.

Más radicales, otros escritores jamás han reivindicado para la literatura ningún rasgo de realismo, condenando por ilusorio todo intento literario de representación de lo real. Es la mirada —nos dicen—, la que configura el mundo; nada esta definido, solo existen potencialidades más o menos probables, hasta que una medida —la mirada—, fija su valor preciso. Es el hombre, no solo el que dota de sentido al mundo, es el que lo crea.

En el largo proceso de desarrollo de la Ciencia —en cierta medida catalogable como periplo de aventuras—, sus mismos fundamentos han venido a ser puestos en cuestión.

Nociones bien instaladas y consideradas intocables, realidades de antigua raigambre saltan hechas pedazos; tiempo y espacio se acortan y dilatan, —¿es acaso imposible que el periplo de Odiseo pueda durar un solo día?—, generando una nueva realidad, el espacio—tiempo donde lo inesperado y misterioso puede surgir, sujeto a leyes eso sí, pero... ¡Es que alguien pensó alguna vez que la fantasía no tenia leyes?

La misma noción de realidad objetiva se ha convertido en problemática; parece existir una conspiración de la naturaleza que nos impide llegar a una descripción determinista completa de los objetos físicos. poniendo así un limite en las posibilidades de conocer empíricamente el mundo real. No podemos observar la realidad a su nivel más profundo sin alterarla; cada estrategia experimental que diseñamos se hace parte de la realidad a observar y el filo conceptual entre el instrumento y el objeto material representa forzosamente una elección subjetiva hecha por el observador. No es sólo la limitación intrínseca de nuestro aparato cognoscitivo sino la naturaleza misma de la realidad la que nos impide conocerla plenamente. La vieja escisión cartesiana entre mente y materia aparece, en la interpretación convencional de la Mecánica Cuántica, sumida en una extraña imbricación que muchos científicos rechazan por mística. La ciencia deja de hablar un solo lenguaje y se construyen nuevas interpretaciones en las que, preservándose la existencia de una realidad objetiva, se multiplican los mundos posibles, ajenos entre sí e incomunicados, evolucionando paralelamente.

El frío esquema determinista se deshace y esfuma dejando paso a una visión compleja y multiforme. La polisemia se instala en el discurso de la Ciencia que, algunas veces, casi deviene Poesía y, siempre, Literatura.

En cierto modo hemos descrito un movimiento que se asemeja a una espiral. A una época en la que la aproximación del hombre a sí mismo y al mundo en el que está instalado aparecía expresado en clave orgánica y en lenguaje mítico, —donde no existía separación entre el observador y lo observado—, le sucedió un largo periodo durante el que se consolida, paulatinamente, la visión científica del mundo con su radical separación entre el sujeto y el objeto; visión que exige articular un doble lenguaje, deshumanizado, mecánico, unívoco y matemático para el Ello, —en total ruptura con el mito—, y vivo, indeterminado, ambiguo y literario para el Yo,—pleno de adherencias con el viejo discurso mitológico—. El éxito del programa científico, explicativo y manipulador de lo real, penetra el ámbito de lo literario y lo artístico e influencia sus tramas y su discursos provocando aceptaciones y rechazos. El espacio de lo literario se contrae y amenaza con desaparecer convertido en seco inventario.

Nuevos desarrollos de la Ciencia han terminado por quebrar toda pretensión de determinismo porque, como siempre sospecharon los literatos, el sujeto no puede ausentarse, mantenerse ajeno a la trama de lo real.

En el discurso científico se reinstala lo poético y lo literario. La Ciencia se ve invadida por la Literatura.


jueves, 7 de octubre de 2010

LITERATURA Y CIENCIA: Reflexiones sobre un viaje en espiral (II)

La disputa de los espacios

El desarrollo de la Ciencia en términos de las pautas enunciadas por Galileo, su exploración cada vez más amplia de territorios ocultos hasta entonces por las brumas del misterio y poblados por la fantasía, —para la que no es fundamental lo cierto o lo incierto—, con criaturas a menudo fabulosas, ha tendido una repercusión profunda en el ámbito de los literario.

Es este desvelamiento del misterio el que hace exclamar a Keats:

No vuelan todos los encantos
al menor roce con la fría filosofía
Hubo una vez un terrible arco iris en el cielo
conocemos su genero su textura
ella pertenece al tosco catálogo de las cosas comunes.
La filosofía cortará las alas de un ángel
Conquistará todos los misterios mediante la regla y la línea
Vaciará el aire de fantasmas y la luna de gnomos
Deshilachará el arco iris


Quizás solo se trate del lamento de un poeta incapaz de captar los nuevos espacios de fascinación que la Ciencia entreabre, aunque más bien parece el grito de alguien íntimamente convencido de que no existe literatura sin nubes, sin misterio.

Al lamento del poeta se contraponen las, a menudo, apasionadas quejas del científico que nos interroga: ¿Acaso no nos turba y emociona el tener conciencia de que somos “polvo de estrellas”? ¿No nos sentimos extasiados al saber que mirar a lo lejos, en el insondable Cosmos, es recrear el pasado? ¿Acaso no existe poesía en el hecho de que el espacio actúe sobre la materia diciéndole como moverse y a su vez la materia reacciones sobre el espacio indicándole como curvarse? ¿No hay, en suma, belleza en las ecuaciones que plasman las leyes de la Naturaleza?

Cierto es, sin embargo, que la invasión, por la Ciencia, de los espacios en los que antes señoreaba la Literatura ha tenido una profunda repercusión sobre el escenario del relato literario que se ha visto obligado a replegarse hacia zonas que la milicia científica aun no ha conquistado.

Significativa es, en este sentido, la mutación que se ha producido en el espacio de la aventura humana.

En un mundo en el que la técnica, —con su asombroso despliegue de recursos—, ha convertido los misteriosos espacios del mar, la jungla, el desierto, etc., en una prolongación de la sala de estar y sustituido al aventurero de antaño, al explorador de tierras ignotas, por los eficientes y asépticos operadores de sofisticados ordenadores o, en todo caso, por los teledirigidos y telecontrolados astronautas. Poco espacio parece quedar en el mundo literario actual para la novela clásica de aventuras.

No existe aventura sin amenaza. Tampoco es posible la aventura sin héroe. Es el carácter cambiante de esta amenaza, que la Ciencia ha modificado tan sustancialmente, lo que permite entender la evolución del género.

En la novela clásica de aventuras la amenaza es fundamentalmente humana o, en todo caso, proviene de una Naturaleza hostil y desconocida; la galería de malvados es amplia y los desafíos de una Naturaleza no domesticada son múltiples.

La impenetrable jungla, el ardiente desierto o el insondable mar escondían misterios aparentemente inagotables y constituían el territorio idóneo para que se desatara la fértil imaginación del narrador; la novela clásica de aventuras atrapaba a un lector ávido de sensaciones y con una virginal capacidad de asombro.

En estos territorios, mágicos en cierta medida, los héroes libraban batallas en las que era posible salir airoso porque la amenaza y el peligro, aunque grandes, no resultan insuperables. La paulatina domesticación del mundo natural, la exploración total de la tierra, el creciente desarrollo de la técnica, la producción de armas con capacidad de destrucción total y el control creciente de los individuos por un poder incontrolado, exigió la búsqueda de nuevos espacios ignotos y revalorizo amenazas de otro tipo, —más deshumanizadas—. La aventura y el carácter del héroe han sufrido una mutación considerable.

Es cierto que existen mundos por describir, —la saga de las novelas de Ciencia-ficción así lo atestigua—, pero el aura mágica de novelas como 20.000 leguas de viaje submarino, Viaje al centro de la Tierra y tantas otras del ciclo verneano de los Viajes Extraordinarios ha desaparecido ahogada en la gelidez y precisión de los Centros de Control de las estaciones de lanzamiento de astronaves. Los viajes de aventuras son, en nuestros día, planificados y dirigidos por ordenador y en ellos no parece haber espacio para la individualidad. El héroe, —ese elemento de identificación al que el lector desearía suplantar—, resulta poco creíble y sin él no hay aventuras digna de ser vivida o relato de aventuras merecedor de ser leído.

En este mundo, crecientemente tecnificado, en el que el holocausto deja de ser algo remoto para convertirse en amenaza cercana, el optimismo perceptible en los relatos clásicos de aventura del siglo pasado va cediendo hasta desaparecer, mutado en un sinsentido, —la comparación entre Verne y H.G. Wells u otros autores más recientes es ilustrativa.


Solo parece haber espacio para la desesperanza y el horror


La aventura se ha transformado así en algo de “poca monta”, su espacio se ha reducido a la urbe amenazadora y el héroe, —un personaje corriente—, es un ser desengañado y escéptico que se limita a hacer su trabajo porque “nada puede realmente cambiarse”. La novela negra policíaca es hoy uno de los reductos donde la aventura es aun posible. El héroe sin embargo nada tiene que ver con el de antaño.

Esa sensación de desesperanza a la que antes aludíamos explica también otro de los ámbitos en los que se ha refugiado el relato de aventuras: el mundo de la magia que se localiza en habitats inconcretos y en una Edad Media, también inconcreta, poblada por extraños seres de naturaleza fabulosa y extraordinaria, frente a los que combaten héroes de acentuada individualidad.

Después de un falso espejismo creado por una visión optimista del progreso científico, la imaginación ha tenido que refugiarse en el terreno de lo irracional, creando un nuevo Cosmos Mítico.

A veces se desliza la sospecha de que el literato no es capaz de comprender el especializado lenguaje de la nueva ciencia, ni de dominar con soltura sus sutiles ideas-fuerza, —tan alejadas del sentido común y de la experiencia accesible—. La Ciencia como protagonista de la fabulación resulta imposible.

Reafirmando esta sospecha, podría apuntarse aquí la reflexión que Michel Butor hace al referirse al género de la Ciencia-ficción: La huída hacia los planetas y las épocas ultralejanas, que al principio parece una conquista, encubre en realidad la incapacidad de los autores para imaginar de un modo coherente, conforme a las exigencias de la Ciencia, los planetas o épocas más próximas. Del mismo modo, la adivinación de una Ciencia futura aporta, sin duda, una gran libertad; pero pronto se echa a ver que constituye ante todo un desquite de los autores contra su incapacidad para dominar el conjunto de la ciencia contemporánea...

Se acabaron los tiempos en los que la vulgarización de la ciencia era comprensible para el publico medio.

Los lamentos de Keats, las quejas de Feynmann o las reflexiones de Butor olvidan la dificultad que existe para convertir en inteligibles los ámbitos de realidad desvelados por la Ciencia moderna. Olvidan, como recuerda Max Delbrück en su iluminador libro Mente y materia, que: [...] La mente y sus categorías son una adaptación para afrontar la vida en el mundo real de dimensiones intermedias, el mesocosmos. No es pues sorprendente que muchas de nuestras categorías no nos sirvan o hayan de ser modificadas cuando nuestro afán de conocimiento se dirige a lo mínimo y a lo instantáneo como en el mundo de la física atómica y de partículas –microcosmos- o a lo inmenso y a lo duradero como en cosmología o evolución -macrocosmos.

La racionalización creciente, alentada por la Ciencia, ha ido reduciendo no sólo el espacio de la aventura sino también el espacio global de la Literatura que, después de haber poblado un mundo de ficción que se extendía por todo el Cosmos, se ha visto obligada a replegarse al espacio de la cotidianeidad, prosaicamente urbana, o al aún más reducido (pero inexplorado) espacio interior humano.

La novela, cuya pretensión según Milan Kundera no es otra que escudriñar la vida concreta del hombre, protegerla contra el “olvido del ser”, mantener “el mundo de la vida” bajo una iluminación perpetua..., se ha ido convirtiendo poco a poco en una crónica de la soledad humana, en un mundo cada vez más ajeno y hostil en el que el hombre se cosifica e incluso se convierte en abstracción.

¿No es perceptible este proceso en buena parte de la mejor novela europea?

Un sutil vinculo enlaza la obra de muchos de los más lógicos testigos de nuestra época, coautores de una literatura —y en especial de una novela— que es en gran medida un inventario riguroso de las impotencias humanas.

La sociedad, transformada en algo sin rostro, en maquinaria inexorable sin atisbos de humanidad, tritura a innominados personajes que acaban por aceptar el horror inevitable.

Oskar, en El tambor de hojalata, se niega a crecer porque en el mundo de los adultos no existe lugar para la fantasía y sus gritos de rabia y rebeldía sólo son capaces de hacer añicos los vidrios de los edificios que más tarde poblarán ratas.

La Odisea, el viaje de(l) Ulises, solo es posible en el espacio interior porque el hombre ha sido desalojado de un mundo en el que el tiempo se ha fragmentado perdiendo su carácter absoluto.

La desesperada búsqueda de arquetipos a los que ajustar una individualidad imposible, la de El hombre sin atributos, recorre las peripecias de Los sonámbulos, Pasenow, Esch y Huguenau

Podemos entender así el desarrollo de una novela “sin sentimientos”, testimonio de una época y de una región del planeta en la que no hay demasiado espacio para la fantasía y en la que los universales invaden el ámbito de lo concreto.

Lo real-maravilloso encuentra su campo fértil allí donde aún son posibles los sentimientos y generará una literatura cálida, barroca y exuberante, pero en gran medida “vieja”. Explorar este tema nos llevaría demasiado lejos de lo que es nuestro motivo central pero no hemos podido resistir la tentación de dejarlo apuntado.