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jueves, 3 de enero de 2013

OTRA HISTORIA DE LA OROTAVA: DE PERIÓDICOS (II)





Tal y como señalábamos en la entrega anterior la aventura periodística del Hogar Club finalizó tras varios rifirrafes con la curia y  en Septiembre de 1965 sacamos a la luz, al margen de toda relación y tutela eclesiástica, una nueva publicación con la cabecera de AHORA. En la empresa participamos activamente, Domingo Eulogio, Melchor García, Francis Miranda, Chela, Juan Cruz y yo mismo. En los dos únicos números que vieron la luz se podía detectar un inconformismo que anunciaba otros “aires” y que ya había tomado cuerpo en una actividad que se desarrollaba en paralelo: el Cine Club.

El primer número se abría con un Saludo y estímulo que Juan Cruz había conseguido que nos escribiera el prestigioso periodista Luis Castañeda. En él, leído con la perspectiva de los años, nos animaba en la empresa que iniciábamos e, incluso, abogaba por una renovación generacional afirmando:

Porque en nuestro país ésta es una hora de juventud. Tanto que yo vengo sosteniendo en conversaciones privadas, con hiperbólica y desesperada anatematización, que para despejar con rapidez el futuro destino de nuestro pueblo, es preciso que desde migeneración para atrás desaparezcamos todos del escenario social. Con esto quiero sugerir que por nuestra rutinaria visión de las cosas, por los tardígrados movimientos que imprimimos a la sociedad, por el peso muerto con que retardamos la evolución de la historia, por la resistencia que deliberada o mecánicamente oponemos a la reestructuración más justa y más ágil de la vida pública, representamos un estorbo para las aspiraciones nobles, generosas y apremiantes de la juventud.

[…] Con esta revista la juventud tiene ahora en el Valle de la Orotava una plataforma para cumplir el predicado unamuniano de llamar mentiroso al que miente, ladrón al que roba y estúpido al que va por ahí diciendo estupideces. Y esto ya sería bastante como quehacer premioso de su impaciencia.
  
Que acabara la soflama mentando al indomable vasco, por aquél entonces guía espiritual de algunos de nosotros, fue con toda probabilidad lo que desató nuestra (mi) destemplada reacción.

El segundo, y último número, se abría con un artículo bajo el elocuente título de Cantos de sirena.

La lectura del artículo “Saludo y estímulo”, por Luis Castañeda, publicado a manera de pórtico en el número 1 de este periódico, ha llenado mi alma, hecha no de cera, y así incapaz de sentir y sí de amoldarse, de profunda irritación. Irritación y desánimo es lo que me produce ese saludo y estímulo, que si es sincero, como así creo, pues no quiero ni tengo por qué dudar de ello, indica en su autor una ceguera intensa, acaso disculpable caso de tratarse, como así me parece, de idealismo quijotesco.

Parece claro que la lectura de la unamuniana Vida de D. Quijote y Sancho está reciente en el ánimo del autor, quien prosigue:

Nada sé de los motivos que ha tenido D. Luis para decir de nosotros, los jóvenes, “que vivimos en perpetuo afán de navegación”, “que es tanta nuestra ambición de conocimiento, que quisiéramos abarcar el mundo por la cintura, y tanto nuestro deseo de perfección que estamos predispuestos al holocausto en aras de todas las causas que creemos justas y redentoras”

Debo reconocer, incluso hoy día, que el bienintencionado periodista se excedió en sus loas; no me extraña, pues, que con la exaltación del momento, continuara mi requisitoria en los términos que siguen:

Nada sé de sus motivos, ni nada puedo saber. Sólo se me ocurre achacárselos a esa ceguera “quijotesca” que llevó al Caballero de la Triste Figura a confundir rameras con doncellas, o molinos de viento con gigantes. Pero no puedo permanecer callado, tengo que sacarlo de su error y decirle que somos lo primero, que es nuestra desgracia ser rameras y no doncellas, que no deseo oir música de sirenas y dejarme seducir por ella.

Sé que vivo –y así la mayoría– al tibio calor del estercolero, lleno de hediondez; pero no me confunda, no confunda la mofeta con el armiño; no necesito una palabra de consuelo, una limosna, quiero un empujón, un bofetón que me despierte de mi letargo.

Después de asegurar que no era mi intención polemizar y de agradecer su saludo y estímulo, palabras que agradezco pero que no me sirven, elevaba el tono de la soflama ya claramente unamuniana.

Si vamos a continuar vistiendo la verdad desnuda con ropas de bufón, para hacer gracias, adular a los intocables o no escandalizar a los santones de turno, muy corta será nuestra existencia, existencia que merezca la pena.

Creo y veo que es necesario, para salir de esta vileza que nos aturde, mirar la vida cara a cara, apartar lo que estorbe, descorrer el velo y decir: ¡Esto es así!, puede que no te guste, pero ¡esto es!

Ver las cosas de frente, buenas y malas, ese es el ideal; te diré lo que para mí eres; si te envidio o te odio te lo haré saber. ¡Haz tú lo mismo conmigo!

La suciedad oculta en los rincones es la más difícil de barrer; ¿por qué llenar, entonces, nuestra alma de rincones? Aventarla, pregonando la verdad, ¡mi verdad!, ¡tu verdad! Así el viento se la llevará lejos, lejos de ti y de mí; podremos, por fin, vernos, desnudos, tal como somos, sin velos.

El artículo lo terminaba con un “aviso para navegantes”:

Un periódico como el nuestro, que aspira –por lo menos oficialmente– a sacar de este mar de tibieza a nuestro Valle, no puede comenzar tratando los temas con evasivas; no puede ni debe dejar de decir la verdad, esa verdad por la que tanto suspiramos.

Rectificar es de sabios y ahora se está a tiempo, pues si los artículos van a ser una suave rienda que continúe conduciendo nuestro apático caballo por caminos trillados, en vez de un recio latigazo que lo haga galopar, preferible es que callemos.

Imagino al pobre Juan Cruz intentando dar explicaciones a D. Luis Castañeda; entiendo, pues, su reacción de negarse a vender el periódico en el Puerto de la Cruz.

La aventura acabó con este número; una aventura que nos deparó momentos inolvidables y polémicas de una ingenuidad entrañable.

Este segundo número incluía una carta de Andrés Chaves en la que después de dejar constancia que había leído con inusitado asombro un artículo de Francis Miranda titulado El tremendismo actual concluía:

Claro que todos tenemos nuestras teorías y el señor Miranda es un idealista a machacamartillo (sic) al afirmar que añora la sencillez y dulzura de las publicaciones de Juan Ramón Jiménez que con sus melosas palabras nos hace dormir estáticos en una nube ignorando la cruel realidad.

Menos mal que el garrotazo brutal de Cela o Williams nos hace bajar de esa nube y demostrarnos con un inmenso chichón que el mundo no es precisamente un burrito llamado Platero y rosas, rosas, rosas…

De todas las historias que vivimos mientras redactábamos el periódico es digna de reseñar la de una usurpación de la que fuimos conscientes en nuestro fuero interno cuando recibimos dos artículos que firmaba Juan Carlos Arencibia; uno de ellos era producto de su pluma –una birria que desechamos– pero el otro, ¡ah!, el otro era diferente, ¡otra cosa! Se titulaba La libertad del otro y comenzaba así:

La libertad del otro constituye el fundamento de mi libertad. Sin su libertad yo no soy libre. La razón de ser de mi libertad he de buscarla en el otro.

La oposición entre el otro y yo es más aparente que real, más ficticia que auténtica. A lo que verdaderamente se opone el otro es a lo otro.

De un hombre a otro va apenas nada. Un hombre se diferencia o distingue de otro hombre por la visibilidad de las sombras que proyectan sus pasos.

Y así continuaba varios párrafos más, hasta concluir de esta guisa:

Así pues, la libertad del otro es la que me dice de manera expresa si gozo yo de libertad o si vivo esclavo de una obstinante (sic) superioridad. Es pues tan necesaria la existencia del otro que necesito de ella para ser yo mismo.

El respeto a la libertad del otro no es una virtud, ni un obsequio, sino que constituye un elogio a nosotros mismos. Lo que sucede es que el respeto a la libertad ha de ser tan amplio y generoso como corresponda a la misión y a la función que cada uno cumpla o ejerza en la vida.

Algunas de las frases, sobre todo las del comienzo, quedaron grabadas en nuestra memoria, por ello pude, al fin, descubrir al verdadero autor de las mismas cuando, muchos años después, leyendo Dios y el Estado de Bakunin, me topé con un discurso que incluía párrafos como los que siguen:

La libertad de otro, lejos de ser un límite o la negación de mi libertad es, al contrario, su condición necesaria y su confirmación. No me hago libre verdaderamente más que por la libertad de los otros, de suerte que cuanto más numerosos son los hombres libres que me rodean y más vasta es su libertad, más extensa, más profunda y más amplia se vuelve mi libertad.

Nunca entendí, sin embargo, cómo llegó Juan Carlos, que transitaba por territorios bien alejados de cualquier veleidad anarquista, a ese texto – ¿un viejo libro de la época republicana que escapó de la purga franquista?

El tercer número no vió nunca la luz por falta de recursos, pese a estar casi montado en la imprenta...


domingo, 23 de diciembre de 2012

OTRA HISTORIA DE LA OROTAVA: DE PERIÓDICOS (I)




         De las actividades desarrolladas durante distintas épocas de mi vida forma parte importante la edición de periódicos –probablemente la razón haya que buscarla en mi vocación irrealizada de escritor y configurador de opinión.

         Mis primeras experiencias periodísticas tuvieron lugar en el que bajo el nombre, de claras resonancias eclesiásticas, HOGAR CLUB, se editó a finales de 1964 –lo dirigía Pedro Cruz Sacramento, hombre vinculado desde esa época al cristianismo social. Tenía yo entonces 18 años y ya había iniciado mi aventura madrileña, como queda reflejado en el listado de articulistas del primer número donde aparezco así: Miguel Hernández, 2º de Física.

El artículo con el que me estrené, Ellas, produce sonrojo al leerlo. También, excepción hecha de lo escrito por José H. “Chela”, la mayor parte de lo que se incluyó en los cuatro números que aparecieron. Entusiasmo sí que había y una cierta voluntad de modificar –¡dentro de ciertos cauces!– una realidad insatisfactoria.

         La declaración de intenciones con la que se abría el primer periódico, bajo la rúbrica de Tesorero, Melchor Dorta, no ofrece dudas sobre el territorio en el que se movía el Hogar Club:

         Estimados lectores y amigos todos.

         Quisiera como encargado de la presentación del Hogar Club, de formación tan reciente que aun no ha llegado a oídos de muchos jóvenes de La Orotava, exponerles claramente lo que es o lo que será el Hogar Club, teniendo en cuenta, claro está, mis escasas cualidades literarias.

         El motivo de su fundación se debe, en gran parte, a contar desde el principio con el ofrecimiento estimulante de un local apropiado, donde encontrarmos una base sólida en la que materializar nuestra idea, que consiste en conseguir el acercamiento de los jóvenes de La Orotava.

         Es de mencionar que esta idea no partió exclusivamente de los jóvenes sino también de algunas personas mayores que, con su consejo y apoyo, han contribuido a que ésta sea una próxima realidad que satisfaga plenamente todas nuestras esperanzas.

         Pero aparte de esta, yo añadiría que puede considerarse como otra causa el vernos apoyados y el haber sido correspondidos en todo momento de una manera elogiable por todos los miembros que forman actualmente el Hogar Club, ya que sin su ayuda, todas nuestras ilusiones se hubiesen derrumbado.

Es fin del Club conseguir que los jóvenes de la Orotava puedan ampliar su formación, en toda la acepción de la palabra; desea también fundir en uno solo a todos los grupos en los que desgraciadamente está dividida la juventud de esta Villa.

El Hogar Club es un lugar en donde se acoge a todos los jóvenes –chicos y chicas– que con buena intención acudan a él con el deseo de practicar sus aficiones preferidas.

Después de una enumeración de las actividades que se pretendía desarrollar en el Club, concluía la presentación con un deseo:

En nombre de la Directiva del Hogar Club quisiera rogarles su cooperación para que todos estos objetivos no sean pura utopía sino con la ayuda de Dios, una próxima y feliz realidad.

 El caserón en el que se ubicaba el Hogar Club no era otro que el que había acogido en su momento al “Avecren”, nombre con el que calificábamos a un extraño colectivo de mayores que, tras unos Ejercicios Espirituales, habían cambiado sus costumbres y pretendían cambiar las de los demás – grupo al que considerábamos el summun de la hipocresía y al que pertenecían notorios personajes de la sociedad orotavense de entonces como Pedro Méndez o Domingo Jiménez. Estaba, pues, vinculado a la Iglesia y era ésta, por mediación de los jóvenes militantes de la Acción Católica –Pedro “el Chatarra” (Presidente del Hogar Club) y Francisco Mesa Bravo entre otros–, la que pretendía ejercer su influencia apostólica sobre los jóvenes.

No es extraño que alguno de los más lúcidos, como “Chela”, expresara sus dudas sobre el tono del Hogar Club en un artículo que lo iba a enfrentar con el por entonces párroco de La Concepción, Leandro Medina.

Decía el primero en una sección que titulaba Pedacitos de turrón…del duro y que firmaba con el seudónimo de Veolof:

El peor pecado es la hipocresía. Y hay que decirlo: Aquí, en el Hogar Club y en el periódico, vamos pecando, ¡eh!, vamos pecando.

Modelo de razonamiento de una muchacha del Hogar Club: “De acuerdo, el Hogar Club es para todas las clases sociales, pero una cosa es que sea para todas ls clases sociales y otra que entre todo el mundo”. Oído por mí, así. Sin comentarios.

¿No va siendo hora de que ciertos señores que escriben en este periódico se quiten su aureolita de santurrones y se muestren tal y como son? Yo creo que sí, porque hay que ser bueno, malo o mediocre; pero serlo con valentía. Sin caretas.

Porque, vamos a ver: “esto” ¿es el órgano informativo del Hogar Club o una revista de orientación religiosa?

En resumen: el Hogar Club no es lo que algunos esperábamos que fuese. Y, el periódico, tampoco.

El Arcipreste no estaba dispuesto a dejar sin respuesta la osadía del ya por entonces cáustico “Chela” y en un artículo, sin firma, para así implicar a la directiva del Hogar Club, titulado Para ti, “Veolof”. Sólo para ti, dejaba claras sus ideas:

Es valiente el que escribe construyendo, a pesar de ver sus propios defectos. No es hipócrita, a no ser que se ponga a sí mismo como modelo. Quizás al escribir delinee su propio deseo de perfección.

En cambio es cobarde el que todo lo critica, el que encuentra hipocresía en todo y en todos. Y más cobarde cuando al criticarlos, se pone la careta del seudónimo, y pide a los demás que se la quiten.

Estos pedacitos de turrón tienen sabor de almendra amarga.

En torno a los “pedacitos de turrón” se reune la familia toda para saborearlos. Pero “estos”…espantan a la familia en vez de unirla.

Ya que te has puesto cristales de color ante los ojos, ¿por qué has elegido el negro precismente?

Es chocante que los jóvenes se quejen siempre de la “incomprensión” de los mayores …y luego…sean intransigentes con los propios compañeros.

Si crees que este no es el camino, trázanos tú una meta y deja que todos contemplemos y admiremos tu acierto. ¡Ah! y ayúdanos a seguirla.

Tú defines que el peor pecado es la hipocresía. Yo –opinión modesta y particular– creo que el peor pecado es “creer hipócritas a los demás”, porque eso es soberbia, y la soberbia no sólo es el peor pecado, sino que es el origen de todo pecado.

Parece que te molesta que salga a relucir el problema religioso en el periódico, que es periódico de problemas de la juventud… Eso demuestra que también los jóvenes son hombres, porque el hombre es “un animal religioso”. Si le quitas al joven la religión, dime ¿a qué queda reducido?

También te molesta el que el periódico y el Hogar no estén hechos a tu medida –“no es lo que algunos esperábamos”– ¿Qué es lo que tú esperabas? Y lo que tú esperabas, ¿es seguro que es lo mismo que esperaban todos los demás? Además, ¿qué quieres? ¿Qué todos seamos tan perfectos como tú, a la primera…? En el camino estamos, y deseos no faltan.

El tiempo, la buena voluntad, la colaboración y la unión, a pesar de las divergencias, harán lo que hoy es un deseo. Paciencia, chico.        

El cura no escondía sus ideas y el lenguaje era inequívoco: El hombre es “un animal religioso”. Si le quitas al joven la religión, dime ¿a qué queda reducido?

Las reticencias de "Chela" eran compartidas por algunos de los que participábamos en el periódico y buena prueba de ello es que en Septiembre de 1965 sacamos a la luz, al margen de toda relación y tutela eclesiástica, una nueva publicación con la cabecera de AHORA.


De esta aventura hablaremos en la próxima entrega.

sábado, 8 de diciembre de 2012

A PROPÓSITO DE LOS DESAHUCIOS



La alarma social que los desahucios han generado me ha recordado un episodio –con este grave asunto como protagonista– que tuvo lugar en los convulsos tiempos de nuestra transición política y que me ha parecido oportuno evocar.

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Aquella situación tenía tintes surreales: ¡una familia –padre, madre y seis hijos– ocupaba una de las salas del piso alto del Ayuntamiento y hacía vida allí! Los tiempos confusos y convulsos que siguieron a la muerte del dictador, durante los que se procedió a la articulación de lo que acabaría etiquetándose bajo el nombre de la Transición, posibilitaron, en toda la geografía de nuestro país –¡también en nuestro municipio!– actuaciones que bajo el franquismo resultaban impensables. La que habían protagonizado “los okupas” con los que hemos iniciado estas notas es una de ellas.

“El Aguijón”, periódico nacido en diciembre de 1978, bajo el paraguas de la Asociación Cultural Valle de La Orotava, daba cuenta, en un artículo titulado “El desahucio, una injusticia social más” del número de marzo del 79 dedicado a las inminentes elecciones municipales, de unos hechos que iban a traer cola.

El autor, Nicolás G. Lemus, uno de los miembros más activos del grupo editor y por aquel entonces Presidente de la Asociación de Vecinos 24 de Junio de la Villa de Arriba, escribía: El 12 de febrero, en la Villa Arriba, concretamente en la calle de San Juan, tuvieron lugar unos hechos que, a estas alturas de siglo, creíamos desaparecidos. Las camas, calderos, sillas, armarios, etc., de una familia compuesta por un matrimonio y seis hijos acupaban la calle. Se procedía al desahucio de unos vecinos del mencionado barrio. Las razones del mismo no fueron ni la falta de pago ni otras achacables a ellos sino razones de índole legal que nosotros no cuestionamos.

Recuerdo con nitidez los hechos que se relatan dado que compartí con el firmante del artículo toda la historia, como corresponsable del Aguijón, como Vicepresidente de la Asociación de Vecinos y como compañero de militancia en el PCE. A ello debo añadir que el cabeza de familia desahuciado era Pepe, uno de mis primos hermanos argentinos.

En calidad de responsables de la Asociación de Vecinos estábamos al tanto de la fecha del acto de desahucio y allí nos presentamos tratando, sin éxito, de impedir su materialización. Realizado el desahucio intentamos, a lo largo de esa tarde, encontrarles acomodo –el Alcalde predemocrático Juan Antonio Jiménez estaba de viaje y nadie se hacía responsable de lo que pudiera sucederle al matrimonio y su prole.

Creo que, a sugerencia de uno de los guardias municipales encargados de mantener el orden en lo que devino todo un acontecimiento, acabamos dirigiéndonos, ya anochecido, a la casa del teniente alcalde D. Manuel Barrera –concejal de la “hornada del 64”, en la Perdoma donde ejercía como maestro. Golpeamos la puerta, sin obtener respuesta, y a continuación la ventana; de ella emergió un malencarado y malhumorado edil que, embutido ya en su pijama, trató, en primera instancia, de escurrir el bulto. Nuestra insistencia y la vívida descripción de unos niños dispuestos a pernoctar a las puertas de entrada, bajo los soportales, del Ayuntamiento le obligó a ceder y tras llamar a la Comisaría de Policía autorizó a que se nos franquearan las puertas de la Casa Consistorial. Con el temor de que, al reflexionar sobre el alcance de esta decisión, revocara la orden volvimos a toda prisa al lugar donde nos esperaban los desahuciados; con ellos y con dos guardias que abrieron las puertas entramos en el Ayuntamiento. Las órdenes no debieron ser muy precisas y claras porque ante nuestro rechazo a que se les ubicara en un cuarto de la entrada –esgrimiendo razones de humedad e insalubridad para los pequeños– conseguimos que se instalaran en el piso alto, en la zona más noble del edificio.

Una vez asentados allí el problema iba a adquirir una repercusión más amplia sirviendo como elemento de agitación política; así, un mes más tarde, en plena campaña electoral, nos permitiría convocar, en la sala que albergaba no sólo a la familia sino también sus enseres, colchones, ropas, etc., una asamblea a la que invitamos a los cabezas de lista a la alcaldía por los diferentes partidos (la mayor parte de ellos declinó la invitación).

En el artículo al que nos hemos referido más arriba se hacían ciertas consideraciones que están de rabiosa actualidad y bajo el epígrafe Ante un desahucio, ¿qué hacer? se decía:  

Hasta hace poco tiempo se llevaba a cabo un desahucio y la única respuesta posible era la lamentación y la indignación por parte de la gente. Se consideraba que ante la actuación de la ley no se podía hacer nada; la familia desahuciada se recogía en la casa de algún familiar o buscaba desesperadamente donde pernoctar. Esta actitud pasiva e ineficaz ante este problema pasó a la historia. La existencia de Asociaciones de Vecinos combativas en los barrios puede hacer que desaparezcan tales arbitrariedades... 

La experiencia concreta de la Asociación de Vecinos 24 de Junio de la Villa de Arriba con el caso de desahucio que aquí comentamos es suficientemente ilustrativa. Sirve de precedente para demostrar que, ante un problema social como el que un desahucio pone de manifiesto, quedarse con los brazos cruzados no conduce a nada; que, por el contrario, sólo la presión decidida de los vecinos en el Ayuntamiento evita las injusticias. De ahí el apoyo decidido de nuestra Asociación a esta familia, así como su actitud resistente ante las autoridades, plantando su casa en los salones del Ayuntamiento. Estos factores han sido decisivos para la búsqueda de soluciones al problema. 

Se ha demostrado que las Asociaciones de Vecinos que, de verdad, están dispuestas a la defensa de los intereses de las gentes de sus barrios son efectivas.

Nicolás señalaba, además, en el mencionado artículo, por un lado, que la dilatada permanencia de la familia en el Ayuntamiento era la única garantía para que no se echara tierra sobre el asunto y el problema se mantuviera vivo –y así fue, dado que al final conseguimos que se los realojara en la Barriada de San Antonio– y por otro recriminaba a los partidos políticos su inhibición ante un problema social que los había desbordado preguntándose ¿estarán nuestros partidos preparados para resolver los miles de problemas sociales y políticos que padece nuestro pueblo de La Orotava? ¿Llegaríamos muy lejos, con la mentalidad de la que han hecho gala ante un problema social concreto?

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A la luz de lo que ha sucedido después, estas reflexiones siguen manteniendo su vigencia.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

DÍA DE VINO Y ROSAS (VIAJE SENTIMENTAL POR TASCAS Y BARES)




En un artículo publicado en el boletín número 8 de “El Aguijón” con un título Día de vino y rosas –que no ocultaba su homenaje a una película de Blake Edwards– se proponía un, como rezaba el subtítulo, viaje sentimental por tascas y bares. Firmado bajo el seudónimo del gran poeta persa Omar Khayyan, decía así:

Aquél día de descanso El Aguijón se encontraba ligeramente deprimido y su vena filosófica y existencial se hallaba excitada. Le ahogaban las paredes de su casa. Se levantó temprano – ¡las del alba serían! – y con paso decidido se encaminó hacia el Bar Parada, dispuesto a desayunar.

Difícilmente, salvo quizás el estanco de Anita, podría encontrarse otro lugar con el escaso espacio disponible tan bién aprovechado. Un par de encorbatados empleados de la banca, que poco a poco ha ido concentrándose en el centro de la Villa, degustaban sendos cafés apoyados en la barra.

- ¿Por qué tendrían aquel “aire” tan inconfundible?- pensó El Aguijón al saludarlos.
- Buenos días... buenas.

El café con leche cargado le reanimó mientras hojeaba el periódico sin prestarle demasiada atención. Atención que quedó prendida de la conversación que sostenían en alta voz los “acuáticos” que, desde esa temprana hora, ocupaban una de las mesitas de la terraza; conversación que, aparte de asuntos estrictamente comerciales, solía girar en torno a las gentes de la Villa, en tono crítico y “despellejador”

La musiquilla ambiental llenaba el local con las notas – oportunas, pensó – de la vieja y pegadiza melodía: Si yo tuviera una escoba, si yo tuviera una escoba, si yo tuviera una escoba, ¡cuantas cosas barrería!

Pagó y salió, mientras una de las mesas de dominó era ocupada por un par de militares retirados y dos asiduos clientes que iniciaban, así, aquel día,para ellos tttaaaann laaargooo.

Cruzó la calzada y se dirigió hacia el puente sin saber muy exactamente en qué emplear la mañana.

- ¿Qué tal?. ¡Ah, hola!. ¿A donde vas?. No sé... Acompáñame hasta la parada de guaguas.

Descendieron Calvario abajo, mientras la calle comenzaba a llenarse de automóviles y gente que, con apresuramiento, caminaban hacia el Llano a coger la guagua que les conduciría a sus lugares de trabajo en el Puerto.

¡Cómo había cambiado la vida del pueblo, sus costumbres y fisonomía, desde los tiempos –tan lejanos ya– en que El Suizo, lugar al que se dirigían, se anunciaba en las revistas de la época y que ahora amarilleaban en alguna recóndita biblioteca!

Su mente volaba, “la servidumbre de la tierra o de las mansiones aristocráticas, hoy paulatinamente abandonadas, se ha trocado en trabajo asalariado en los hoteles. El feudalismo de los “señores” ha ido retrocediendo, la ciudad ha desplazado al campo...”
  
- ¿Te acuerdas de nuestros años de colegio?

La voz de su amigo lo sacó de su ensoñación; la voz y la visión del coñac sobre la barra del bar.

- Sí, claro, claro que me acuerdo

Por su mente cruzaron, como en una película animada de enorme velocidad, los cantos a Don Bosco y María Auxiliadora, la figura amenazadora del P´Consejero, las filas, las veladas, las misas y los horarios interminables... Y también los múltiples rostros de aquellos compañeros casi olvidados.

- La adolescencia es una etapa que deja su huella y a nosotros nos marcaron duro.

- Ahora las cosas son distintas

- Sí, quizás..., muchacho, ¡date prisa que se teeescapa la guagua

Desde luego, aquel día un tanto oscuro le estaba poniendo melancólico y sentimental. Comenzaba a sentirse viejo.

Compró una revista en la librería y se encaminó hacia el Bar de Eustaquio Lima. Necesitaba cambiar de estado de ánimo y, como para la mayoría de los hombres de su generación, ahora en la treintena, el alcohol continuaba siendo el estimulante.

El piso de madera, ahora recubierto de Sintasol, crujió con su peso. Pidió un coñac mientras echaba una ojeada a las estanterías, tras la barra, llenas de botellas con viejas etiquetas.

Abrió la revista y sus ojos chispearon al recorrer las anatomías de damas y mancebos.

- ¡Qué lejanos quedaban aquellos tiempos en los que, para regalarse con visiones de este tipo, había que refugiarse en lugares aislados! La verdad –pensó– es que, por otra parte, el desmoronamiento del franquismo había supuesto para muchos, sólo la posibilidad de disfrutar de una mayor permisividad visual en el terreno del sexo y que sus vidas y hábitos apenas habían variado. Dictadura o democracia poseían, para ellos, poco significado, ¡no les afectaban!

Ya a esa hora, además de los habituales mecánicos del taller de al lado, que hacían un alto en su trabajo, había algunos alumnos del Colegio Salesiano para los que, pensó, las reflexiones que le suscitaban aquellas incitantes formas, carecían de sentido.

Pese al desencanto que le producían aquellas expectativas, aun irrealizadas, que había abrigado en la época represiva, el coñac había obrado maravillas. Abandonó el bar “tonificado” y dispuesto a rememorar sus “viacrucis” de antaño, cuando, para afirmar sus personalidades en formación, él y sus amigos cogían unas “melopeas” de campeonato recorriendo bar tras bar.

Además –pensó– esta calle es, dado su nombre, sin lugar a dudas, la más idónea para el comienzo de ese itinerario.

La primera estación sería El Fariña. Hacía años que no lo visitaba. Resultaba curioso cómo cada círculo tenía su bar, sus lugares de reunión. El pueblo está fragmentado en grupos que difícilmente se mezclan.

El olor a calamares o a fritangos unido al aroma que desprendían los hot-dogs “inequívocamente americanos” del Palestra, le impidió cumplir su objetivo. Ni siquiera el alto espíritu de nazareno que le animaba pudo hacerle traspasar el umbral de la puerta. Huyó de allí. Los altos taburetes de aquella alta barra se quedaron sin servir de asiento a su trasero.

Y, sin embargo, aquel bar tenía su encanto; era el único que conservaba la estructura de antiguo café – también de una época ya definitivamente fenecida – al estilo del que albergara el viejo Hotel Victoria. Cafés ideales para tertulias que nunca se han celebrado, ni se celebrarán.

Cruzó la calzada – Píííí. Tacaaata. Grrrrrr. Moc. Moc... – y se refugió en el Tapias.

El progreso..., farfulló mientras se tomaba otro coñac y echaba pestes contra los motorizados que, poco a poco, iban convirtiendo el pueblo en un lugar infernal.

La carbonilla de las emanaciones de los escapes daba un tono gris a las paredes del bar al que solían acudir, a aquellas horas de la mañana, empleados del núcleo comercial de los alrededores y parados.

Casi sin notarlo se encontró en el Bar Orotava en el que aún no habían irrumpido sus parroquianos habituales.

Recordó aquella tarde en que, iluso él, pensó que una morenita, que no podía ocultar su origen propetario, le estaba mirando incitadoramente, sin advertir que el destinatario de aquél “fuego visual” era un policía armado que estaba a sus espaldas. “Hay que ver lo que hace un uniforme”, cuchicheó mientras se le desinflaba el pecho y se ruborizaba, avergonzado y ridículo.

Ni siquiera tuvo suerte cuando acudió a las máquinas de lotería, milagrosamente libres de los habituales forofos, para descargar, entre bolas, su frustración.

- ¡Coño!, que hoy es día 15 y tengo que ir al Juzgado. ¿Me cobra?

No pudo evitar la sensación de sordidez, de oscuridad, que siempre le trasmitían sus esporádicas visitas a aquel local torpemente decorado “a lo rústico”.

La terraza del Parada estaba animada. Jubilados, algún que otro desocupado, los acuáticos aún y tipos con pinta de extranjeros ocupaban las mesas mientras observaban, entre copa y cortado o tapa de ensaladilla, bajo el ensordecedor sonido de las motos a escape libre, el espectáculo variopinto de los transeuntes: el teatro de la vida, el cada vez más ruidoso y maloliente teatro de la vida, contemplado desde la platea.

Refrenó sus deseos de hacerles un corte de mangas y se sonrió al imaginar las reacciones que provocaría si se bajaba los pantalones y les mostraba el culo.

Después de cumplido el CHInCHOSO trámite judicial [había sido denunciado por injurias graves y se le había impuesto la obligación de personarse en el Juzgado cada quice días], El Aguijón se mezcló con los abogados, médicos y alguna auxiliar escapada que se “echaban la mañana” y con enfermos que engullían bocadillos y cortados, después de una espera a “palo seco” desde tempranas horas de la mañana, al tiempo que comentaban la increíble capacidad de algunos galenos quienes, con un simple golpe de vista recetaban remedios milagrosos. “Sabia es la naturaleza ... y resistente” musitó El Aguijón mientras se pasaba al whisky. “la verdad es que aquel bar no tenía personalidad alguna”.

El día había clareado. Decidió tomarse un aperitivo ligero y, por una extraña asociación de ideas, pensó en el Kiosko.

- Un martini con ginebra...

- Martini no hay

- Cinzano entonces...

- Tampoco

- Entonces tomaré una tapa de...

- De queso, sólo tenemos queso.

- En fin, ¡qué remedio!

Oh Dios que buen bar si “oviese” buen servicio... y sentido comercial

         Sin lugar a dudas el aperitivo resultó ligero, aunque estaba seguro, ¡eso sí!, de que el pan tenía efectivamente queso.

         El banco de piedra frente al Kiosko estaba lleno de jóvenes críticos que desde otra óptica, propia de los años, repetían los mismos hábitos que sus mayores ejercitaban en El Parada. La Villa podía enorgullecerse de poseer dos potentes mentideros.

-  ¿Qué te parece si vamos pensando en comer?

-  De acuerdo, ¿a donde vamos?

-    A mí me gustaría lanzarme unos conejitos...

-   ¿Qué tal El Polvorín?

-  Pufff..., eso puede resultar tipismo para guiris. Y tipismo incómodo con bancos “ad hoc” para comidas rápidas. Prefiero un lugar más tranquilo.

-  ¡Onelia!. Vamos a Casa Onelia

“La verdad es que las posibilidades gastronómicas que tascas y restaurantes ofrecen en nuestro pueblo son bastante escasas” –pensó El Aguijón, mientras las tripas emprendían movimientos incontrolados y su mente se llenaba de imágenes que le retrotraían a aquellos eslóganes simplistas pero de rico y variado contenido culinario, “De la vida la comida, Cuesta Arriba”. Sacudió con energía la cabeza, comprendiendo que en cuestiones de comida, y a la hora precisa de comer, no convenía ser nostálgico.

Al dirigirse hacia la Villa de Arriba no pudo, sin embargo, evitar el que acudieran en tropel recuerdos de su adolescencia, no tan lejana, en los que esta calle era circuito obligado de las andanzas de su grupo en época de jarana y en época de conspiración: La Baronesa –nueces y cabrito empanado con papas fritas redonditas, entre toneles– Onelia –conejos, croquetas y ensaladilla– y, como no, Marcelino, afamado por sus enormes tortillas; sedes, todas ellas, de tantos proyectos y esperanzas, realizadas unas y abortadas otras.

No era precisamente el silencio la nota característica de aquel zaguán de entrada a Casa Onelia; el ruido de voces de los salones de la derecha y las órdenes dictadas a la cocina que se veía enfrente atronaban el ambiente.

Pasaron al patio y se metieron en uno de los cuartitos laterales, donde, con el sabor de la comida, sintieron presencias ya olvidadas.

-  Sobre gustos no hay nada escrito – sentenció El Aguijón para concluir la discusión que, sobre la bondad del conejo recién engullido, sostenía con su amigo.

Montados en el torbellino de los recuerdos avivados por el vino y el estómago lleno, decidieron rematar la faena gastronómica con una Copa Taoro, un café, un coñac y un puro.

         Egon Wende conservaba practicamente intacto su antiguo ambiente. Aquel mostrador de cristal que exhibía los dulces, la barroca máquina registradora y los frascos con caramelos y chocolatinas, las mesas de tapa marmórea y las sillas de madera, los manteles a cuadros y aquella celosía verde...

         Saludaron a las tres señoras mayores que tomaban chocolate con nata intentando en cada sorbo recuperar –como personajes de Proust– el tiempo perdido.

         Todo parecía congelado – sólo faltaba una ruidosa celebración de cumpleaños o un bautizo y la dinámica figura del rezongón D. Ego recriminando a un Paco vacilante y lento – y, sin embargo, el encanto quedó roto cuando aquella recordada Copa Taoro le fue servida en un vulgar vado de Duralex.

-     La comida, como la vida, tiene su ritual y en la ceremonia es necesario cuidar tanto la esencia como la presencia –  pensó nuestro personaje

Al despedir a su amigo se dio cuenta de que había cosas irrecuperables y algo tan elemental como eso le fue revelado por un prosaico vaso de Duralex.

Decidido a curarse en salud se dirigió a los bares que frecuentaba la juventud –“ que lozana se desarrolla en nuestros pagos”–; su ánimo era “campoamoresco”.

“Es posible que este estilo, tan impersonal para mí, sea la personalidad real de estos bares”. El espejo le devolvió una imagen algo decadente, en un local lleno de gente, donde se adivinaba algún gay y, sobre todo, jovencitas y jovencitos instituteros que conversaban apoyados en una barra de borde metalizado o en mesas de tapa de formica, después de una, generalmente tediosa, jornada escolar.

Proyectos, planes y un intercambio de frases en un vocabulario que al Aguijón –acostumbrado a la retórica– le pareció pobre, pero que a ellos les bastaba para comunicarse y para intercambiar ideas, sentimientos y sensaciones.

“El trato directo había simplificado los caminos; el adorno y el aderezo que antaño servían para “dorar la píldora” –¡desconocida entonces!– ahora resultaban innecesarios. Quizás esto empobrecía el lenguaje. Sí, sí, eso y la cultura visual, televisual más exactamente”

Los dos cuba libres le permitieron aguantar la sonrisa conmiserativa que le dirigió aquella rubita de pelo corto, cuando intentó ligar.

-  Estás gagá, tío ... ¡Jo, macho, más acabado que Machín!

Algo dolido por su fracaso al intentar volver al presente – el salto de 10 años fue excesivo – decidió dirigirse al Galerías, donde sentaban sus reales damas de edad más próxima a la suya, quizás más proclives a rendirse a sus encantos.

Raudo, cruzó veloz eltantas veces recorrido itinerario de la parada y entrevió al pasar por el Almeida la familiar imagen de los parroquianos que, cogote en alto, contemplaban las imágenes –¡o la repetición de las imágenes!, tanto da– de un partido de fútbol. Los efectos resecadores del cerebro de la droga que tanto suministró “a los españoles todos” nuestro desaparecido D. Claudio, se reforzaba, ya desde entonces, en este bar con la abundante generación de tortícolis crónicas.

El Aguijón notó que en el ambiente de El Galerías flotaba cierto aire de caza y pesca, que los jóvenes y no tan jóvenes clientes se habían preocupado de su aspecto personal y preparado sus instrumentos para estas apasionantes artes.

“A aquel bar se iba después de cambiarse la ropa de faena –los que faenaran– a tomar una copa y, en múltiples ocasiones, como una etapa intermedia para arrancar el vuelo hacia otros pagos”.

La bien surtida botellería le permitió endulzarsela boca –amarga después de su frustrante jornada– con un Bayleys”

Después de una insustancial conversación con un par de solitarios conocidos, decidi´lanzarse a fondo con una de las habituales parroquianas y, ¡oh, manes del destino! el contacto se estableció. Poco a poco fue recobrando la confianza en sí mismo y, con la confianza, la audacia.

Juntos decidieron un plan de acción inmediata –una cena ligera y rápida (lo que automáticamente descartó un viaje a Casa Matías en busca de un revuelto de “carne chicago” o al Engazo a atiborrarse de pescado salado, gofio y papas)– una copa estimulante en el Martín Fierro, un precalentamiento incompleto en El Banana y ... “mecha p´alante” después.

Allí, en aquella mesa debajo de la escalera –lugar de tantas conversaciones sobre lo divino y lo humano (religión y política, los dos ejes de la rebeldía de los hombres de su generación , ¡el sexo llegó más tarde!)– al abrigo, como antaño, de miradas indiscretas, El Aguijón recobró el ánimo estimulado por una comida casera y por un ambiente aún no perdido, aunque sí amenazado por la irrupción de un televisor –hoy, por suerte, inactivo. En el aire la voz rasgada del Louis Amstrong del timple ponía su nota de cotidianeidad, mientras el vino y los gin fizz de rigor eliminaban las últimas barreras entre dos corazones solitarios.

Como en un vértigo, El Aguijón recuerda ahora, entre nubes, con la cabeza próxima al estallido, una veloz sucesión de imágenes y de sensaciones físicas agradables al lado de aquella voz, aquel cuerpo, aquella boca y aquellos ojos –las canciones entonadas una y otra vez por aquél grupo en el Martín Fierro, las miradas tristes y las sonrisas forzadas de los que no tienen nada que comunicarse, la veloz huida hacia el club de enfrente, buscando una oscuridad propicia para besarse y proseguir, a otro nivel, un juego erótico ya iniciado en el coche; los deseos de soledad compartida donde abandonar el juego para encontrar la verdad de los cuerpos desnudos y, finalmente, el contacto total, sin subterfugios.

Satisfecho y tambaleante El Aguijón prosigue su itinerario, dispuesto, ¡después de tanto tiempo!, a la caída final, en bares y tascas de ambiente proletario, sórdido a veces, frecuentados por hombres que tratan de matar la insatisfacción de sus vidas golpeadas.

Borracho, entre entrañables borrachos, El Aguijón, después de una larga marcha que se reinició en Casa Emiliano y continuó en Casa Pancho el Cojo y La Bicha, acabó su “via crucis” –¡ironías del destino!– tumbado sobre la barra del bar del Santísimo, después de ingerir el último vaso de vino.                         


domingo, 11 de septiembre de 2011

UN FUGAZ Y GOZOSO TIEMPO DE TRANSGRESIÓN: CARNAVALES EN LA OROTAVA




         Decíamos en nuestro artículo anterior, en el que nos acercábamos a las Fiestas de San Juan, que, animados por nuestro afán de recuperación de las celebraciones populares, pusimos en marcha, a imitación del Baile de Magos y también en la Plaza de Ayuntamiento, el Baile de Piñata.

         Algunas de las peripecias que acompañaron a la celebración del mismo merecen un ligero comentario (de otras, mejor es no hablar) que nos servirá de excusa para rememorar, a vuela pluma, un tiempo de carnaval desaparecido.

         Recuerdo que en su organización, bajo el paraguas que nos procuraba la Asociación Cultural Valle de la Orotava, nos volcamos fundamentalmente Tito y yo: visitamos los locales de ensayo de varias murgas para pedirles colaboración, hicimos lo propio con entidades como la Caja de Ahorros para que nos sufragara parte de la propaganda, acosamos a amigos y conocidos del gremio del comercio para que nos regalaran prendas de vestir, alimentos, etc., con los que organizar una rifa que pretendíamos celebrar durante el transcurso del baile, contratamos la orquesta y solicitamos los permisos pertinentes al Ayuntamiento, permisos por los que, aunque por entonces, el año 1978, sus regidores, los últimos vestigios del franquismo, estaban en franco retroceso y hacían las maletas para irse a casa, hubo que batallar –a las reticencias de última hora del Alcalde, el sufrido Juan Antonio Jiménez, recuerdo haber respondido que el baile estaba convocado, que allí nos íbamos a personar en fecha y hora y que, en caso de suspensión, él sería responsable de lo que pudiera suceder.

         Tras una semana de paseos en coche, provistos de un megáfono, con el que instábamos al vecindario a enfundarse en una sábana, colocarse una careta y lanzarse al jolgorio y la diversión, llegó el día de marras; después de una comida, que supongo regada con buenas dosis de vino, ubicamos nuestro puesto de propaganda en la terraza del antiguo Bar Parada y desde ella, megáfono en mano, continuamos con nuestro proselitismo, estruendoso y movilizador.

El sarao, para el que contamos con la inestimable ayuda de dos hermosas inglesas que reclutamos en el citado Bar y a las que acabamos convirtiendo en activas vendedoras de rifas y agradecidas compañeras de baile, resultó todo un éxito de público y de recaudación –por las rifas para “una Piñata Gigante” y por las bebidas de la cantina que, como era tradicional en los eventos que organizábamos, ayudaban a elevar el tono y la alegría de los participantes.

Por razones que no son fácilmente explicables los Carnavales orotavenses recuperaron, durante unos años –al decir de los “viejos” del lugar y con notable satisfacción para los jóvenes de entonces–, el tono de sus mejores tiempos y el desfile del Entierro de la Sardina alcanzó, con el concurso de un activo y desprejuiciado grupo de heterosexuales, homosexuales y bisexuales ataviados con disfraces en la onda del decadentismo de Wilde y Beardsley, el esplendor de una fiesta báquica que, tras la quema del monigote, la Sardina, reunía en La Añepa, donde se prolongaba el jolgorio hasta altas horas de la madrugada, a una variopinta y animada fauna.

Como no podía ser de otra manera, en un pueblo con una alta densidad de “meapilas” acostumbrados a dictar las normas del comportamiento ciudadano, los sectores bienpensantes alzaron su voz, escandalizados por tanta transgresión –en la que, incluso, en alguna ocasión participó un más que “entonado” Alcalde–, y, tras un forcejeo que se mantuvo durante un par de años y que se aireó incluso en la Cartas al Director de El Día, el ritual pagano acabó desnaturalizado hasta quedar, finalmente, oficializado en la aburrida “Quema de Crispín”.

La Añepa primero y luego La Gaseosa, convertidas en gozosas y participativas kermesses, fueron en ese fugaz intervalo transgresor, los templos en los que se celebraba con alborozo la fiesta de la carne.

Años más tarde sin que las razones estén tampoco muy claras el Carnaval orotavense se eclipsó y es en la actualidad practicamente inexistente. Reglado y organizado desde las instituciones, ¡como tantas otras cosas!, ha quedado reducido, en estos tiempos de "vacas flacas", a un tedioso desfile –¡gran Coso del Norte lo llaman!–, aunque, en tiempos de abundancia, contó, además, con una aburrida y repetitiva Gala de Elección de la Reina que, al decir de algunos y con el concurso de domesticados colectivos, "daba" muy bien por televisión.

¡De esa fiesta de jolgorio desprejuiciado en la calle, por la que, tras el disfraz de “El Aguijón enmascarado”, apostábamos en nuestras vehementes soflamas y de la que gozamos durante un corto periodo, no hay ni rastro! Lo que queda es mero recuerdo.

           

martes, 6 de septiembre de 2011

NOTAS PARA OTRA HISTORIA DE LA OROTAVA: De Asociaciones de Vecinos y recuperación de fiestas populares



Para Tito 

         En otro lugar, al historiar los intentos para articular, ¡sin éxito!, una plataforma ciudadana con la que concurrir a las primeras elecciones municipales  –la crónica de ese fracaso quedó allí reflejada – prometí dedicar espacio a las actividades que desarrollamos desde la Asociación de Vecinos “24 de Junio”.

A mi vuelta de Madrid, dispuesto a integrarme plenamente en la vida social y política de La Orotava pasé –mientras preparaba las oposiciones a Instituto– a ocupar la Vicepresidencia de la recién constituida Asociación de Vecinos 24 de Junio; Nicolás la presidía y desde ella, con Felipe Hernández en la Secretaría y Tito Ravelo en la Tesorería, desplegaríamos una variada y audaz actividad de la que las Fiestas de S. Juan y el Stmo. Cristo de la Columna (¡las advocaciones religiosas siempre han sido imprescindibles!), que organizamos durante cuatro años y de las que hablaré a continuación, fueron la “marca de fábrica”.

         Desde la Asociación emprendimos también un novedoso programa de ayuda educativa que su Presidente, Nicolás Lemus, comentaba en el primer número de “El Aguijón” en los términos que siguen: Próximamente, sobre mediados de octubre, va a dar comienzo la impartición, con carácter gratuito, de unas clases de formación permanente para adultos. Las clases, donde existirían varios niveles daría la posibilidad de sacar el título de Graduado Escolar, equivalente al Bachillerato Elemental.

         Recuerdo con agrado la experiencia que permitió a varias personas obtener esta titulación y a otras mejorar su nivel cultural, gente talludita pero deseosa de aprender, –Ito Sánchez y “Chacho Vital”, entre otros, colaboraron conmigo en esa tarea que nos ocupaba un par de días de la semana y que tenía como sede el Colegio Ramón y Cajal.

         En cualquier caso, lo que dió notoriedad a la Asociación fueron las Fiestas de San Juan, en las que trabajaron un nutrido grupo de vecinos –Silvestre, García, Pedro, Nicolás, Chano, los “Oreja” entre muchos otros– y más en particular los diversos Encuentros musicales, de cuya gestión de participantes se ocupaba mayoritariamente Nicolás, que se celebraron durante el periodo 1978 -1981 –el riesgo asumido resultó, a la larga, excesivo y acabaría por afectar no sólo la economía de la asociación sino la de los que integrábamos su Junta Directiva.

         El éxito que acompañó al primero de ellos en las fiestas de 1978 –con el multitudinario y electrizante concierto de Silvio Rodríguez, Juan Carlos “Caco” Senante y Los Sabandeños, en una Plaza llena de “banderas con las siete estrellas” y de un vociferante gentío que comenzaba a disfrutar de una libertad secuestrada durante tantos años– nos hizo pensar que “todo el monte era orégano” y al año siguiente, sin encomendarnos ni a Dios ni al Diablo, invitamos a uno de los iconos de la izquierda mundial, el cantautor luso Xosé Afonso cuya canción Grandola, vila morena había sido el santo y seña con el que se iniciaría la Revolución de los Claveles en el vecino Portugal y era ahora un himno emblemático de la progresía a nivel planetario.

         En esta ocasión los resultados del Encuentro, en el que también participó Taburiente y la Agrupación Herreña Tejeguate, no fueron tan exitosos como en el precedente y la afluencia de público fue sensiblemente inferior –creo recordar que el evento coincidió, azares del destino, con el pase por televisión del último capítulo de la seguidísima serie “Raíces”, en la que se narraba la azarosa peripecia de Kunta Kinte.

         El concierto, desde el punto de vista artístico, fue estupendo, a pesar de que recuerdo a un Xosé Afonso afectado de dolores de migraña y con el que no resultaba sencillo hablar largo y tendido –moriría en 1987 como consecuencia de una esclerosis lateral amiotrófica, no sé si aquellos dolores tenían ya entonces algo que ver con esta enfermedad.

         Nuestros invitados al tercer Encuentro fueron el duo Claudina y Alberto Gambino y la también argentina, como ellos, Mercedes Sosa; también en esta ocasión padeceríamos la competencia de la televisión que emitió el capítulo final de otra serie de mucho impacto, “Holocausto”. Los beneficios del concierto –¡espléndido!– fueron nulos por lo que, incluso, hubo que negociar con la pirotecnia “Hermanos Toste” la suspensión de  parte de los fuegos de fin de fiesta con los que cerrábamos la semana de actos –los propietarios de la misma, apiadados de nuestra penuria y abrumados por la dialéctica de nuestro emisario –¡Felipe!–, nos regalaron varias espectaculares “palmeras”.

         La película que elegimos ese año para la sesión de cine fue “Octubre” de Einseinstein, las paredes en las que proyectábamos se llenaron esa noche con las impactantes imágenes de la toma del Palacio de Invierno por los bolcheviques –¿a quien iba a extrañarle, pues, que las celebraciones fueran etiquetadas como las “fiestas de los comunistas”? 

La falta de liquidez nos obligaría a pedir un crédito bancario para pagar los gastos de las Fiestas y a peregrinar durante meses vendiendo rifas de 1000 pesetas para el sorteo de un coche; la fortuna nos sonrió, en esta ocasión, porque el boleto premiado no llegó a venderse y, de este modo, todo lo recaudado se transformó en “fondo” para la Asociación, pudimos así saldar las deudas y afrontar las que, a la postre, con Nicolás y yo mismo dimitidos, serían las últimas, las de 1981: el plato fuerte sería el concierto de Olga Manzano y Manuel Picón versionando a Neruda.

Una diana floreada; partidillos de fútbol –con pelotas de papel de empaquetado y los bajos de los bancos de piedra como porterías– que evocaban, en su escenario natural, la plaza, los de otras épocas; animadas y vociferantes competiciones de pericón y dominó; un festival infantil; un coso; la inevitable procesión; una verbena; una cantina-ventorrilo que, gestionada por la saga de los “orejudos”, tenía como vianda estrella las piñas con costillas y los fuegos de artificio completaban una semana de forzada convivencia que nos deparó alegrías, quebraderos de cabeza, alguna que otra “cogorza”, algún “colocón” de hierba y más de un problema económico.

El repertorio, pese a las obligadas concesiones que llegaron hasta el extremo de contemplar a Nicolás “cargando” una de las imágenes –no sé si la del “Columna” o la de San Juan– del desfile procesional, no podía ocultar –¡tampoco tratábamos de hacerlo!– su acentuado color político, ¡rojo, por descontado!; de ahí que, etiquetada como la “fiesta de los comunistas”, fuéramos perdiendo el apoyo de la gente del barrio, a la que con toda seguridad escandalizaron no sólo nuestros excesos sino, también, el tono poco convencional y “extraño” de la oferta festiva.

Aparte de estos “eventos estelares” –los Encuentros y el cine– las jornadas festivo-culturales contaron, a lo largo de las cuatro celebraciones, con otros atractivos números; recuerdo entre ellos el Concierto de la Orquesta Sinfónica de Tenerife en la Iglesia de San Juan, un Festival Infantil animado entre otros por el Charlot de Tenerife y el encuentro poético que, en la quietud de una mágica noche de verano, reunió a lo más granado y representativo del sector progresista del Parnaso Canario –Agustín Millares Sall, Pedro García Cabrera y Felix Casanova de Ayala– y nos permitió vivir un momento irrepetible: escucharlos recitar, con sus voces ya rotas por los años, sus poemas.

         La pasión por la recuperación de las fiestas –una pulsión en aquellos tiempos en los que empezamos a recuperar también las libertades– nos llevó en esa época a dedicarle a aquellas un número de “El Aguijón”, el 6, y a organizar, siguiendo la estela de la exitosa experiencia del Baile de Magos, el Baile de Piñata en la Plaza del Ayuntamiento.

         Probablemente, vista la evolución de estas “manifestaciones populares”, ya no suscribiría la editorial –debida a mi pluma– con la que se abría el citado periódico: Este número de “El Aguijón” se dedica fundamentalmente a las fiestas populares porque entendemos que esta actividad forma parte indisoluble de nuestra cultura.

         No tiene la pretensión de ser un análisis exhaustivo del carácter, motivaciones y raíces de nuestras fiestas: Sí quiere, sin embargo, ser un apunte inicial para un trabajo más ambicioso sobre el tema, en el que se abordaran con rigor, las relaciones de nuestras múltiples fiestas mayores y menores –concepto relativo y que depende, como es lógico, de la perspectiva del núcleo de comunidad que las vive– con la actividad económica, social y política, el entrelazamiento de lo religioso y lo profano, la devoción y la diversión liberadora.

         “El Aguijón” quiere, desde estas páginas, homenajear a todos aquellos que – generalmente en el anonimato para el gran público – han contribuido a mantener vivas estas fiestas de calle, barrio, zona o pueblo, porque su trabajo ha servido y sirve para reforzar el sentimiento solidario y de comunidad de nuestros pueblos; sentimiento profundamente amenazado hoy día en una sociedad parcelada, fragmentada e individualista.

         Reencontrar lo colectivo a través de la participación activa, recuperar nuestra identidad mediante la afirmación de lo propio. Este es el sentido profundo de nuestro número dedicado a las fiestas populares.
    
         Tampoco me identificaría en su totalidad con lo que, bajo el título de ¡Viva el Carnaval! había visto la luz en una entrega anterior del mismo periódico, bajo la firma de “El Aguijón enmascarado”: ¡El Carnaval ha llegado! Es esta, pues, una buena ocasión para ocuparnos de él y señalar diversas causas que, a nuestro juicio, han ido desposeyéndolo de su antigua personalidad –fiesta de participación– para configurarla y dotarla de otra nueva –fiesta de contemplación.

         ¿Cuáles son las razones de este cambio, desde nuestra perspectiva, negativo?

         En nuestra sociedad, y en todos los órdenes de la vida, se favorece, se presiona hacia la pasividad del ciudadano, hacia su conversión en un mero receptor, carente de creatividad. Así, en el trabajo, se le especializa para que ejecute a la perfección su cometido parcial y concreto, “rindiendo” más. Y en el ámbito del ocio, del tiempo libre, esta presión se dirige en un sentido análogo: ¡los deportes no son para practicarlos, sino para contemplarlos y hablar de ellos durante toda la semana!

         La televisión anula la capacidad de leer y de imaginar, uniformiza las conversaciones, elimina, en suma, la creatividad y la comunicación [...]

         Las fiestas, que es el tema que ahora nos ocupa, no son para disfrutarlas y participar activamente en ellas, sino para observarlas: ¡Qué bonitos y artísticos disfraces! ¡qué colorido! ¡qué bellas carrozas!...

         Contemplar el Carnaval por televisión ... ¡Qué disparate! ¡Salga a la calle, hombre, tómese dos copas, colóquese un disfraz –una vieja sábana, una careta y un abanador– y dedíquese a “basilar”.     

         El año pasado la Asociación Cultural en un primer intento de recuperar el Carnaval de participación organizó un Baile de Máscaras el Sábado de Piñata [en la Plaza del Ayuntamiento]. Esa iniciativa pretendía estimular a los ciudadanos del Municipio – ¡a usted, a su padre, a sus hijos, su madre y su abuela! – a hacer su propio Carnaval activo.

         Porque para nosotros, antes como ahora, la recuperación de ese ya olvidado Carnaval y de otras manifestaciones populares no es una cuestión sin importancia. Está en juego todo lo que antes señalábamos sobre pasividad frente a actividad. Pugna visible que oculta a los verdaderos contendientes: los que mandan y los que obedecen.

         Suele afirmarse que no hay que unir y mezclar la política con la diversión, el deporte, etc.; nosotros pensamos que esa mezcla es inevitable porque, en realidad, hasta lo aparentemente inocuo e inofensivo – como este Carnaval – tiene que ver, ¡y mucho!, con nuestra concepción de la vida, con nuestra actitud en ella.

         Las peripecias que acompañaron a la organización de ese primer baile al que aquí se hace referencia merecen un capítulo aparte; consignaré, sólo, que el evento resultó un éxito; tambén señalaré que durante varios años los Carnavales orotavenses recuperaron el tono de sus mejores tiempos y que, primero, La Añepa y luego La Gaseosa, se convirtieron en auténticas kermés.